El paraíso dispar de la costa yucateca: El Cuyo

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El paraíso dispar de la costa yucateca: El Cuyo

El cielo nos recibió animoso en aquel arrinconado sitio pringado con miles de estrellas. Ya desde la carretera, se podía vislumbrar un lugar rodeado de una quietud en donde el océano gobierna solemne.

Por Ana Preciado

Cuando uno visualiza el letrero anunciando la cercanía de El Cuyo se respira la costa: un recio aroma a algas, ciénaga y otros arbustos marinos.

Fue un recorrido largo para llegar desde Mérida. Después de casi 4 horas de viaje, debido a una – no tan-  breve parada en Tizimín para cenar en un agradable restaurante circundante al parque principal, llegamos a este pequeño pueblo costero.

En aquella cena, habíamos acordado llegar a El Cuyo directamente a descansar, retomar energías para el día siguiente y así disfrutar al máximo del sitio. Pero a pesar del agotamiento, un misterioso e inexplicable magnetismo terminó por arrastrarnos al borde del mar, para sentarnos por unos minutos y contemplar aquella pacífica noche.

Observamos cómo la marea se alzaba salvaje, al compás de la fuerte brisa que azotaba al poblado; el infinito manto estelar con tiznes grisáceos (posiblemente por el avecinamiento de un frente frío) y la mullida arena que invitaba hasta el más cansado viajero a permanecer ahí un poco más de lo planeado.

En El Cuyo, la noche aparenta esfumarse rápido para dar paso a días de sol radiantes y cálidos. Un mágico sitio donde el panorama se mira nítido y lleno de vida: centenares de ruidosas gaviotas parloteando y batallando entre ellas por alguna fresca presa, un brillante y azulino mar, ideal para darse un buen chapuzón mientras a lo lejos, comienzas a olisquear el embriagante perfume del pescado frito y otros manjares de la costa.

De igual forma, en todo el lugar vaga una rara sensación de estar caminando sobre un punto en alto, y es que El Cuyo fue levantado sobre un gran médano* (o méganos, como le llaman sus habitantes) que tiene una asombrosa semejanza a un abultado islote, repleto a su vez de otros diminutos médanos.

Con un poco más de detenimiento, te percatarás que la mayoría de las calles son de arena, amenizadas por un considerable número de visitantes mezclados entre locales y extranjeros. Sin embargo, desde la habilitación de calles petrolizadas (acción que causó descontento en la población), en épocas de lluvias se originan y crecen incontables arroyos a través de ellas, provocando molestias en los habitantes.

¡Qué bonito es El Cuyo! Un paraíso aislado y rebosante de vida, que cuenta además con Airbnb’s muy bohemios: casas hechas con bambú, madera fina y paja, entronizadas por piezas decorativas pintadas de muchos colores. Hallarás una oferta gastronómica tan variada hasta para las personas que no consumen pescados o mariscos; incluso, notarás diversas escuelas para realizar actividades acuáticas como el kitesurf y el windsurf. Además, ¿cómo olvidar las incontables guirnaldas de luz dorada? Todas, adornando cada uno de aquellos inmuebles, justo para hacernos distinguir la razón de su existir.

No obstante, he aquí la otra realidad: El Cuyo tampoco está exento del frecuente fenómeno social ceñido a los pueblos costeros de Yucatán; aquel en donde las primeras líneas de playa suelen pertenecer (y digo en su gran mayoría) a extranjeros. Fue una perspectiva extraña el observar aquella pequeña comunidad costera estar en un estado de recomposición (algo parecido al proceso de gentrificación) acentuado por la frecuente alza en el número de habitantes.

Y es que con este reciente modelo socioeconómico nos resultó contrastante la división entre la zona habitacional y la zona vacacional: siendo el parque junto a su inmortal feria y el rejuvenecido faro pintado de blanco con rojo, los que marcarán la zona limítrofe entre un área y otra.

Esa personalidad tan “hippiesca” y despreocupada que posee El Cuyo saldrá a relucir solo para unos cuantos, en donde –generalmente- la mayoría de sus habitantes natales no son partícipes.

Tampoco negaremos que con la llegada de estos nuevos cambios en la dinámica social, hay también impactos positivos para los pobladores, como la generación de más empleos y la diversificación de actividades y servicios en la comunidad. Aunque no se puede hacer caso omiso de ver cómo la pesca ha sido tristemente replegada en el olvido, tan evidente que su abandonado puerto de abrigo (el cual no ha sido dragado desde hace tanto tiempo) es una penosa descripción gráfica de la situación.

Son tantos los sentimientos encontrados al visitar un paraíso tan hermoso y discordante como lo es El Cuyo, en donde su suave firmamento y hechizante mar hacen regresar hasta el viajero más renuente. ¡No me malinterpreten! El largo viaje hacia ahí continúa valiendo la pena, pues es un lugar místico y aventurero que nunca te defraudará.

(*) Acumulación de arena.

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