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El callejón del hambre

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El callejón del hambre

pan-duro

República de las Bananas

Por Eduardo Lliteras Sentíes

Recuerdo un callejón lúgubre, húmedo y oscuro, casi olvidado, a un costado de la luminosa Plaza Mayor de Salamanca, en España, en mis tiempos de estudiante de filosofía.

Digo olvidado, oscuro, porque realmente era un pequeño apéndice entre los arcos laterales de la majestuosa plaza, famosa por ser una obra de arte del Barroco español, del arquitecto ibérico Alberto Churriguera, quien diera nombre al estilo Churrigueresco, precisamente. Pero como decía, caminaba en un día de tantos, husmeando más allá del bullicio despreocupado de la Plaza Mayor, de sus cafés bien surtidos –como el Novelty, que frecuentara Miguel de Unamuno con sus vinos de Rivera del Duero, jamones serranos Pata Negra de cerdo bellotero, aceitunas y tortilla española–  y me encaminé al mercado donde uno podía comprar hortalizas, quesos, leche, pan y vino frescos, casi artesanales.

Y en esos andares andaba cuando tropecé, como por casualidad, con aquel callejón oscuro, tenebroso, que no invitaba a nadie a recorrer sus escasos metros.

Sin embargo, di un par de pasos impulsado por la curiosidad que mató al gato y allí estaba: en el callejón del Hambre. Nombre que los salmantinos seguramente querían olvidar, confinándolo a un resquicio del mapa de su ciudad, por ser la terrible plaga de tiempos aciagos que muchos preferirían nunca mencionar, ni traer a colación, por el temor a resucitar el muerto. O casi muerto.

Traigo a la memoria dicha anécdota, ante la escalada de precios que no para en nuestro país. Recuerdo que en aquella época me resultó chocante por el contraste entre la abundancia, el desparpajo y la despreocupación de la sociedad española de entonces con el ominoso pasado de arrapiezos, mendrugos de pan endurecido y estómagos vacíos del Lazarillo de Tormes.

Y lo digo porque el hambre vuelve en España, sí, como hacía tiempo (quizá desde la Guerra Civil) no se veía pero también porque la falta de comida es una plaga que atenaza los estómagos de millones de mexicanos. Desde siempre.

Muchos millones de mexicanos se van a la escuela o al trabajo sin bocado. O se acuestan sin cenar. Se alimentan a mala pena con “comida” chatarra y refrescos. Pasan hambre todo el día y cada vez se las ven más duras para llevarse un bocado ante la escalada de precios que no cesa impulsada por los gasolinazos, los aumentos de los precios a nivel internacional de los cereales y la escasez en nuestro país propiciada por la sequía o la Gripe Aviar así como por la política alimentaria irresponsable de un Gobierno que vive en las nubes del presupuesto federal.

En síntesis, hablamos de una política económica y agrícola que aplasta al pueblo y que lo condena al hambre, en un número creciente.

Los sueldos, quedan lejos, muy atrás del alza de precios constante. Ayer fue el pan, el gas, antes de ayer el huevo y el pollo, y mañana subirán la leche, los frijoles y el queso otra vez.

El silencio oficial, de la clase política, de los políticos, de los Gobiernos, es ominoso. Parece que no oyen el crujir de las tripas del pueblo mexicano. No escuchan, son sordos, al malestar que desde tiempos ancestrales ha provocado revueltas y caídas de príncipes y malos Gobiernos: el hambre.

Esa hambre que atenaza a cada vez más mexicanos, insisto. Mientras tanto, Felipe Calderón, su Gobierno, Hacienda y los diputados federales de la saliente legislatura, nos han preparado más aumentos a las gasolinas, hasta el 2014. Es decir, más encarecimiento de la canasta básica, y más pérdida del poder adquisitivo que ya sumaba 32 por ciento hasta el mes pasado en lo que va del presente sexenio.

El pan subió en Mérida hace poco. Y como decía mi padre, cuando las panaderías se vacían, se llenan las calles con la furia del pueblo, que volverá a recorrer el callejón, sin salida, del Hambre.

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