Hawái le apostará al ‘volunturismo’ después de la pandemia

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Hawái le apostará al ‘volunturismo’ después de la pandemia

El costo económico de las medidas de contención ante el COVID-19 ha sido devastador para la isla. Pero ‘necesitar’ los ingresos del turismo y ‘querer’ a los turistas de regreso son dos cosas distintas.

La vida al hotel Mauna Kea Beach, junto a la costa de Hawái. Sus canchas se han activado tras adaptarse al nuevo paradigma pandémico. El instructor de tenis Wayne Barnes usa un par de pinzas para no tocar las golosinas que reparte entre los niños que han completado la clase de 30 minutos, les pide que guarden distancia. Cuando atisba un grupo de adolescentes que llega para la próxima sesión, les grita que no se quiten el cubrebocas hasta entrar en la cancha, luego se asegura de que cada uno lleve un brazalete naranja que indica que pasaron un control de temperatura.

Durante las vacaciones de invierno, las clínicas de tenis de Barnes han sido las más concurridas desde el inicio de la pandemia, que dejó aquello completamente desierto. Cuando llegó el Covid-19, el estado del Aloha estableció uno de los confinamientos más estrictos en Estados Unidos, suspendió los viajes internacionales y frenó el turismo nacional al exigir que, a su llegada, los visitantes guardaran una cuarentena de 14 días. Con los hoteles y condominios cerrados, este archipiélago donde al menos una cuarta parte de todos los trabajos están conectados al sector turismo vio cómo su tasa de desempleo aumentó de menos del 4 por ciento, la más baja del país, al 15 por ciento, una de las más altas.

La reapertura cautelosa de Hawái comenzó en octubre, pero gran parte del mundo todavía no está listo para viajes de placer: casi un millón de visitantes llegaron a las islas en diciembre de 2019; en diciembre de 2020, el número era inferior a 250 mil.

En su mayor parte, los residentes se han tomado en serio el virus. Es algo que se explica por la vida en la isla, la sensación de que todos están juntos en ella y la consciencia de que, si la situación se vuelve realmente grave, no hay vecinos en los que apoyarse cuando estás a más de 3 mil 800 kilómetros mar adentro.

La historia también ha dejado lecciones. Durante el siglo XIX, cerca del 90 por ciento de la población nativa de Hawái murió por enfermedades traídas a las islas por extranjeros. El estado conoce (y teme) las pandemias, y sus agresivas contramedidas, aunque difícilmente perfectas, han funcionado hasta ahora. Al 17 de febrero, Hawái tenía la tasa más baja de casos de Covid de todos los estados (mil 896 por cada cien mil) y el promedio más bajo de casos nuevos en siete días (48).

Sin embargo, el costo económico de estas medidas preventivas ha sido devastador. En 2019, 10.4 millones de visitantes le generaron a Hawái más de 2 mil millones de dólares en ingresos fiscales estatales. En 2020 recibió menos de 2 millones de personas, y la mayoría de esas visitas se produjeron durante los dos primeros meses del año. El estado ahora prevé un déficit anual de mil 400 millones de dólares para los próximos cuatro años, y los recortes al presupuesto ya comenzaron.

Pero ‘necesitar’ a los turistas y ‘querer’ que regresen son dos cosas diferentes. Ha sido un tema tenso en las islas durante décadas. El cambio de “una economía de turismo a una sociedad de turismo”, como lo expuso recientemente Noel Kent, autor de Hawaii: Islands Under the Influence, ha trastocado la vida en algunas áreas. Las familias necesitan tres, incluso cuatro trabajos para llegar a fin de mes debido al costo de la vida en el estado insular, el más alto en EU, según una investigación del Centro de Información e Investigación Económica de Missouri.

En la costa norte de Oahu, algunos residentes no salen de sus hogares los fines de semana debido al tráfico. Los planificadores estratégicos de Kauai hablan de un “punto de quiebre” en términos del impacto de los visitantes.

El sentimiento de los residentes es contradictorio. Según un estudio de 2018 de la Autoridad de Turismo de Hawái, el 59 por ciento de las personas encuestadas dijo que los beneficios del turismo superan los costos. Y, sin embargo, dos tercios de esos mismos encuestados piensan que su isla está “dirigida por turistas a expensas de la población local”.

Este año de pandemia permitió ver cómo podría ser la vida sin turistas, y para aquellos que no perdieron su empleo (o perdiéndolo encontraron suficiente estabilidad financiera a través de programas de desempleo estatales y federales) los últimos 12 meses en Hawái han ha sido mágicos.

En el Parque Estatal Hapuna Beach, en la costa oeste de la isla de Hawái, por ejemplo, se podía nadar o pasear sin aglomeraciones. Los transitados senderos como el que lleva a la cima del famoso cráter Diamond Head en Oahu, estaban despejados. En Hanauma Bay, un lugar popular para esnórquel, los investigadores descubrieron que el cierre del parque trajo un aumento de la vida marina y mejoró la salud del ecosistema de la laguna.

El hombre a cargo de encontrar el término medio entre reclamar las islas para los residentes y traer de regreso a los turistas es John De Fries, nombrado presidente y director ejecutivo de la Autoridad de Turismo de Hawái. Dice que escucha toda clase de posturas, unas personas que piensan que el estado debería limitar los visitantes a 6 millones al año, y otras que piensan que Hawái puede manejar 12 o incluso 15 millones al año.

Comprometerse con un número específico probablemente no tenga sentido; los efectos del turismo varían ampliamente según el comportamiento, la gestión y la observancia de las normas. Paul Brewbaker, un consultor económico que sigue de cerca los datos del turismo, es crítico con ambos bandos, pero especialmente con los anti-turismo, pues su enfoque es más emocional, menos empírico e impide “una discusión seria de las intervenciones de política económica porque, presuntamente, menos (menos turistas) es más”.

De Fries tampoco se fija solo en los números. Su estrategia se centra en la popularidad del llamado “volunturismo” (turismo con voluntariado). Como el primer hawaiano nativo elegido para dirigir la autoridad de turismo, De Fries es sensible a la idea de responsabilidad hacia las generaciones futuras. Creció cerca de Waikiki, donde pescaba y aprendió las antiguas tradiciones de la familia, mientras también observaba cómo ese rincón de Oahu se convertía en una zona llena de hoteles, tiendas y restaurantes.

Para lograr un equilibrio más sano entre el turismo y la población local, usa la palabra malama, que en hawaiano significa proteger o cuidar. “Es el valor cultural hermano del aloha”, explica. La puesta en práctica del malama comienza vinculando hoteles y otros negocios con organizaciones educativas y de servicios para desarrollar programas para turistas.

Outrigger Hotels & Resorts, por ejemplo, ofrece a los huéspedes una tercera noche gratis si se inscriben en un programa de voluntariado de dos horas en la Reserva Natural Privada Kualoa Ranch, allí pueden aprender sobre la apicultura y cómo la miel se usa en la cocina hawaiana. Otros programas incluyen reforestación y recuperación de arrecifes.

Es posible que estas iniciativas no atraigan a quienes visitan por primera vez la isla y quieren descansar en la playa durante el día y beber mai tais por la noche. Pero De Fries espera que los viajeros que regresan por tercera, cuarta o quinta vez (antes del Covid más del 65 por ciento de los que visitaban Hawái eran visitantes regulares) quieran participar en programas culturales o ambientales. Esto es especialmente cierto para los grupos con intereses afines, como los observadores de aves, los entusiastas del hula y los fanáticos de la vulcanología. Es maravilloso pensar que algún día viajar, como idea y como actividad, pueda significar cuidar los lugares que visitamos.

Pero el economista Brewbaker se muestra escéptico. “No tengo idea de qué es malama”, dice. “Y no quiero investigarlo porque ahora mismo la pandemia es el gran obstáculo para restablecer los viajes y el turismo”. No hay nada de malo en apostar por grandes ideas a largo plazo, añade. Sin embargo, a corto plazo, lo que determinará si los viajeros regresan a Hawái no tiene nada que ver con la autoridad de turismo y sí con el virus y la seguridad percibida.

En muchos sentidos, la pandemia ya ha detonado una nueva forma de pensar sobre los demás y los efectos en cadena de las decisiones individuales. Las mascarillas, el distanciamiento social, lavarse las manos, “todas estas son formas de malama”, dice De Fries.

La clave ahora es integrar el malama en la gestión. Stephanie Donoho, quien es directora administrativa de la Kohala Coast Resort Association, que representa a varios hoteles de lujo en la costa oeste de la isla de Hawái, recuerda un viaje reciente a Perú. Recorriendo el Camino Inca, otro famoso y frágil destino turístico, notó las diversas tarifas que cobran, el manejo cuidadoso del tráfico de visitantes y los requisitos para contratar guías locales. “Todo se trataba de retribuir a la comunidad”, dice.

Algunos destinos tremendamente populares como Ámsterdam, Barcelona y Venecia también están tomando medidas para limitar el número de turistas y mitigar los efectos de los visitantes en la cultura, los recursos naturales y la vida cotidiana de sus residentes.

Hawái podría terminar haciendo lo mismo. Pero lo que el estado no debería hacer, dice De Fries, es restringir repentinamente el número de visitantes. “Bajar a 6 millones y esperar que gasten más dinero es un gran salto de fe”, apunta.

En cambio, él quiere atraer a aquellos que son “más conscientes, más sensibles”, añade. “Necesitamos que practiquen el malama con nosotros, esta cultura de reciprocidad está arraigada en la cultura hawaiana”. Si el turismo simplemente vuelve a la normalidad sin tener en cuenta el bienestar emocional y económico de las personas que viven aquí, dice, “no habrá aloha”.

.-Con información de El Financiero

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