Impresiones de una tapatía en Mérida

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Impresiones de una tapatía en Mérida

No hay manera de visitar Mérida y no querer quedarse…

Por Guadalupe Meza

Visité Mérida a finales de un mes de junio, en medio de un calor pegajoso y sofocante que me recordó a los veranos en Veracruz, pero sin la brisa salada. A diferencia de Guadalajara, Mérida se va asomando poco a poco en medio de la planicie desde que uno sale del aeropuerto; no es un mazacote de ciudad entre subidas y bajadas, edificios enormes y coloniales, ¡para nada!, te va acostumbrando tímidamente a su presencia suave y pacífica.

Nunca había estado en la capital de Yucatán antes y sabía muy poco a mi llegada, fuera de las narraciones de mi madre, que hablaba de aquella ciudad como una de las más bonitas que conocía, resplandecientemente blanca y limpia en cada rincón. Al principio me sorprendí, por alguna razón yo había imaginado que cada casa estaba pintada de blanco y no que en su mayoría era el color predilecto.

Pronto llegamos a la colonia García Ginerés donde me hospedé en un Airbnb; apenas tuve oportunidad de salir a caminar me sentí en casa. Me encontré con una ciudad cálida en todos los sentidos… habituarse al clima fue un poco complicado pero, ¡nada que un sombrero y un agua de chaya no puedan resolver!

Me enamoré al instante de las sillas confidentes y me senté en una cada que pude; supuse que las tardes deberían ser más cómodas para salir, caminar y platicar, con esa tranquilidad con la que llevan la vida sus habitantes, parecida a la parsimonia de un abanico. Las banquetas, placitas y árboles me parecieron un distintivo de la ciudad, al igual que la amabilidad de las personas y los lugares con comida deliciosa.

Mi primera parada gastronómica fue el mercado de Santa Ana, donde me di vuelo probando guisos tradicionales: relleno negro y cochinita pibil, tamales, sopa de lima, entre otros. Pero no me quedé con eso nada más, también disfruté de locales y puestos del centro; ¡jamás olvidaré mi encuentro con las marquesitas!

Aunque había probado las recetas antes, en Santa Ana me sabían totalmente distintas y la explosión de sabores me fascinó, al igual que la arquitectura de Mérida, que me deslumbró por los estilos tan distintos al centro del país: elegante y sencilla, me invitaba a imaginar la Mérida colonial y aquella que tuvo un gran auge durante el Porfiriato.

Mi recorrido por el paseo Montejo no fue menos impresionante. Quería observarlo de día y de noche, las casonas, los monumentos, la mezcla de estilos; confirmé la impresión de mi madre, Mérida es una ciudad impecable, pero también diversa, llena de historia, pacífica, moderna.

La recuerdo y me sigo asombrando de sus arboledas, sus calles, sus colores. ¡No hay manera de visitarla y no querer quedarse!

Lo que más me gustó: perderse entre las calles pequeñas, recorrer el centro, conocer sus museos y definitivamente, la cercanía con la playa. Mis últimos días los pasé entre Chuburná y Puerto Progreso, encantada con el paisaje marino y la carretera que te hace sentir entre islas. Mérida es una de mis ciudades favoritas por su gastronomía y su riqueza artística y cultural.

Cómo llegar: la oferta de vuelos Guadalajara- Mérida es amplia y muy económica, además el traslado aeropuerto-centro también es económico, aunque es difícil tomar autos de plataforma, considéralo.

Dónde hospedarse: La oferta de Airbnb’s es una locura: ¡excelentes precios y calidad! Lo recomiendo ampliamente.

Dónde comer: ¡No hubo un solo lugar que no me gustara! Sin embargo mi favorito en relación precio-calidad y ubicación fue la Chaya Maya, ideal para probar comida tradicional con las tres B: Bueno, Bonito, Barato, ¡y en el centro de la ciudad!

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