La riqueza de los gentilicios hispanos

En español tenemos reglas para casi todo, incluidas las excepciones. Por eso los gentilicios son el drama gramatical de la lengua. Es solo a base de repetición y memoria que se sabe que un japonés no es un japoní y que un australiano no es un australeño. El ejemplo parece de lo más burdo, pero se debe solo a la alta probabilidad de que un hispanoparlante haya escuchado o leído sobre japoneses y australianos.

Cuando se trata de lugares menos presentes en la narrativa hispana, la supuesta obviedad desaparece. ¿Los ciudadanos de Tonga son tongueños, tonguenses, tonganos, tonguíes o tongos? Son diez los sufijos que, a lo La vida es una tómbola, el español utiliza con frecuencia para formular gentilicios. Para saber cómo se denomina a los habitantes de una región hay de dos: leerse la Wikipedia o jugar a la ruleta rusa.

Por si fuera poco, el español confía en el azar tanto como confía en el cariño, en la historia y en el absurdo. Además de utilizar la fórmula raíz del lugar + sufijo aleatorio, los gentilicios en nuestra lengua se permiten alusiones al pasado, apodos oficializados y decisiones sin pies ni cabeza. Entran un angorino, un josefino y un aquincense a un bar y el chiste se cuenta solo.

Los más confusos y curiosos

No basta con tener una decena de opciones y ninguna regla para formular gentilicios. Encima, el español se toma licencias retóricas que rondan entre lo absurdo y lo gracioso. En el estado mexicano de Aguascalientes el gentilicio es hidrocálido, en el pueblo asturiano de Piedrasblancas es albipetrino y en la ciudad de Monterrey es regiomontano.

La explicación es obvia, pero la aplicación del criterio no tanto. Los habitantes de Punta Arenas, en Chile, son puntarenenses y no son punzoarenosos. Los de Cerro Chato, en Uruguay, son cerrochatenses y no son planiserranos. Y los de Isla de Culebra, en Puerto Rico, son culebrenses, aunque sería una gozadera gramatical que los llamáramos rastreroinsulares.

Érase una vez…

Otra maravilla de los gentilicios en español es su repentina devoción histórica. En ocasiones azarosas a los habitantes de un territorio se les denomina con base en los nombres rancios de un lugar. En algunos casos, rancios como cuando mi papá habla en presente de Checoslovaquia. Y en otros, rancios como cuando los fenicios fundaron Gádir, la ciudad española que hoy conocemos como Cádiz de donde son los gaditanos.

Los gentilicios históricos no se limitan a tiempos o regiones específicas. A los habitantes de las Islas Marianas del Norte, un archipiélago en Oceanía, se les denomina chamorros. El término proviene del pueblo nativo que encontraron los españoles cuando colonizaron la isla en el siglo XVI. Y a los habitantes de Jerusalén se les denomina jerosolimitanos, en honor a Hierosolyma, el nombre de la ciudad en tiempos de la Antigua Grecia.

En Uruguay están los canarios del departamento de Canelones, un lugar con nombre de comida italiana fundado por migrantes de las Islas Canarias. Y en Asia hay un par de países con historias similares. El dominio de Ceilán cambió su nombre a Sri Lanka cuando se independizó en 1972 y el dictador de Birmania cambió el nombre del país a Myanmar en 1989. José José y Juanga decían que ya lo pasado pasado, pero para la RAE los habitantes de Sri Lanka son ceilaneses y los de Myanmar son birmanos.

Mismo nombre, diferentes gentilicios

¿Se acuerdan de los homónimos, esas palabras que se escriben igual pero significan cosas distintas? Bueno, en el reino de los gentilicios son la cereza del pastel. Los ciudadanos de México son mexicanos, pero los del Estado de México son mexiquenses. Eso sí, los de la Ciudad de México, antes Distrito Federal, son chilangos. El término, utilizado originalmente para los migrantes que llegaban a la capital de otros estados, parece mejor que mexiqueño.

Los habitantes del estado venezolano de Mérida son merideños, pero los de su capital homónima son emeritenses, en honor a la Mérida extremeña antes llamada Emérita Augusta. De vuelta en México la capital del estado de Yucatán también se llama Mérida, pero sus pobladores son meridanos. Y con Santiago el tema es parecido: los de Chile son santiaguinos, los de Cuba son santiagueros y los de España son santiagueses, si no compostelanos.

El gentilicio nacional de Panamá es panameño. Para no errar, el gentilicio de Ciudad de Panamá es capitalino. Dentro del país la salida fácil parece sensata, pero en cualquier contexto internacional no tiene sentido. Capitalinos son también los moscovitas, los lisboetas y los porteños. Bueno, los porteños de Buenos Aires, Argentina, que no los de Puntarenas, Costa Rica.

Los coloquiales

Prácticamente todas las libertades anteriores son oficiales, pero éstas son resultado del cariño. En la mayoría de los casos, aún cuando su uso está más extendido que la versión oficial, estos gentilicios son pura bondad coloquial. Eso no significa que se vayan a quedar así para siempre. Para prueba los tapatíos, de la Guadalajara mexicana.

Están los yanquis de Estados Unidos, los kiwis de Nueva Zelanda y los boricuas de Puerto Rico, pero nadie como los centroamericanos. En la región pasan de los gentilicios oficiales como pasan del frío. Nada de guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, costarricenses o nicaragüenses. En el mismo orden, formalidades aparte, nos quedamos con chapines, guanacos, catrachos, ticos y nicas.

Y ya para terminar, por si acaso te quedaste con la duda: los angorinos son de Ankara, los josefinos de San José de Costa Rica y los aquincenses de Budapest. Rawsenses los de Rawson, en Argentina, y conejeros los de Villaconejos, en España.

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-Con información de Don Viajes.

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