El Huapango de Moncayo. Sonidos del alma de un pueblo.

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Por Francisco F. Gamboa

En celebración al mes patrio, quisiera platicarles acerca de la obra sinfónica más conocida no solo de su compositor, José Pablo Moncayo, sino de todo el repertorio orquestal en nuestro país. Calificada como el Segundo Himno Nacional (título que comparte con la Marcha de Zacatecas, de Genaro Codina), no hay orquesta en México que no la haya interpretado varias veces cada año, y no hay mexicano que no la reconozca al sonar sus notas.

Lleno de vida, es colorido y por momentos hasta ‘guapachoso’, el Huapango fue escrito bajo la comisión de Carlos Chávez, profesor de José Pablo, compositor y director de la Orquesta Sinfónica Nacional, el cual fue estrenado el 15 de agosto de 1941 en el Palacio de Bellas Artes. Para su composición, Moncayo viajó al Estado de Veracruz a realizar investigaciones sobre la música folklórica de la región huasteca y terminó en el puerto de Alvarado para coincidir con la fiesta del Fandango, de donde obtuvo inspiración y encontró el material para escribir su obra maestra.

Moncayo utilizó principalmente cuatro sones alvaradeños que sirvieron como base para la composición del Huapango: El Siquisirí, El Balajú, El Gavilancito y El Pájaro Cu; sin embargo, el autor no se limitó llanamente a hacer una transcripción o mezcla de estos bailes, sino que extendió su belleza y estructura para llevarlos a un nuevo contexto, como ocurre en el diálogo que sostienen la trompeta y el trombón después de la parte lenta, que representa ese cómico enfrentamiento que se da entre los cantantes de huapango en las versiones originales.

Estamos hablando de que Moncayo, a través de su Huapango, llevó a un punto cumbre lo que Manuel M. Ponce, considerado el padre del nacionalismo musical mexicano, llevaba proyectando desde la primer década del siglo XX: re-dignificar nuestros cantos populares, los cuales afirmaba que son “la manifestación melodiosa del alma de un pueblo”.

Aunque, siendo sinceros, no todo ha sido miel sobre hojuelas en relación a la obra, pues un efecto negativo que tuvo su enorme aprobación fue el inmediato sobreuso que se le dio como fondo musical para todo tipo de contenido, desde campañas políticas, spots gubernamentales, promoción turística, en marcas comerciales y en general todo aquello que se jactara de ser bien mexicano, haciendo que el Huapango se convirtiera en una obra ya muy ‘choteada’ para el público, pero sobre todo para los intérpretes.

Sin embargo, a pesar de esa explotación que se le dio por muchos años (ahora los medios audiovisuales recurren más al Danzón 2, de Arturo Márquez), el Huapango no deja de ser una obra que, a pesar de haberse concebido en Veracruz, conlleva los sonidos de toda una nación, además de su innegable encanto, pues siempre nos roba una sonrisa y nos pone la piel de gallina.

Quizás éste sea el mejor momento para darle una escuchada, le recomiendo las versiones de la Orquesta Sinfónica de Xalapa bajo la batuta de Luis Herrera de la Fuente, o de la Orquesta Sinfónica de Venezuela Simón Bolívar con Maximiliano Valdés al frente, usted elija su preferida.

@FranFernandoMX

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