¿Diosas o perversas?

Territorio Lolita, de Ana V. Clavel

Apropósito del #MeToo y las controversias a su alrededor, la escritora Ana V. Clavel, en esta fiesta de la lectura en Yucatán, presentó su ensayo Territorio Lolita, inspirada en ese clásico del escritor ruso, Vladimir Nabokov, misma que fue llevada al cine por Stanley Kubrick, que trata de la compleja, claroscuro y polémica relación de un hombre mayor con una jovencita.

En su estudio, de las antes llamadas “josefinas”, la autora hizo una serie de hallazgos que viene desde la literatura griega de Heródoto: la divinización de la nínfula, es decir, esa niña que va de los 10 a los 14 años cuya femineidad floreciente, objeto del deseo, que es capaz de enloquecer a los hombres. Son divinidades eróticas que al poseerlas significa ser poseído.

Caperucita Roja y Alicia en el País de las Maravillas, hermanas de “Lolita”

La escritora comenta que incluso se le sataniza, pero se ha trabajado muy poco sobre la interioridad misteriosa de la nínfula, ese terreno de la preadolescencia o adolescencia en pleno, esa etapa confusa, de revolución hormonal, llena de miedos, ilusiones, deseos, ideas prefiguradas del amor y sexualidad en donde la religión y la familia también son protagonistas. Es querer acercarse al fuego, buscar, conocer, descubrir, es muy legítimo, pero le está prohibido, se le ve como diosa o maldita perversa. La obra de la autora trata de compensar esa imagen “l’enfant terrible” muy comercial de S. Kubrick, y en su estudio sobre la película Ninfomaníaca aparece el siguiente texto:

 “Nacer con la sexualidad prohibida debe ser atroz; los teófilos que se las arreglan para vivir con la vergüenza de su deseo y nunca regresarlo, merecen una maldita medalla”.

El deseo y la sexualidad se mueven por funciones muy complejas, sin embargo, tenemos una fachada delante y otra atrás. No se trata de negar los deseos, hay que ritualizarlos, sublimarlos, darles cauce a través del arte, verbalización, auto-enseñarnos y no auto-juzgarnos, la sexualidad está muy vinculada al deseo, es natural. El único paraíso cercano, más allá de lo que se pueda pensar en el concepto religioso, es nuestro propio cuerpo aquí y ahora, concluye.

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