
Palabras pronunciadas durante la presentación de “La cola del león” novela de Hernán Mena Arana, en la Biblioteca “José Martí” del Ayuntamiento de Mérida, el jueves 10 de marzo de 2011.
La cola del león: retrato de lo lejano
Por Virginia Carrillo
En otras épocas resultaba común que algún literato que también era periodista, político y pensador, fuera desterrado de su país de origen. Destierro padeció José Martí, el libertador de América que le da nombre al recinto en el que hoy hacemos esta presentación, como destierro sufrió también Miguel de Unamuno, el de la Generación del 98, o como el que padeció León Trotsky, quien encontró protección y muerte en México.
Dejando de lado a estas grandes figuras de nuestra modernidad, pongo, para asociar ideas, la atención en el terruño, pero siempre mirando un tiempo pasado: En el siglo XIX, Yucatán fue refugio de un desterrado colombiano, Darío Mazuera, quien firmaba así, como “El desterrado” los trabajos periodísticos y literarios que publicó durante los pocos meses que vivió en Mérida, antes de ser asesinado por el rumbo del Convento de Monjas. No fue tan luminoso, pero su paso por Yucatán, marcó nuevos rumbos en el periodismo literario de la localidad que poco se han reconocido. La idea del destierro pues, ha estado por lo visto en este ligero asomo, ligada a la escritura de manera importante.
Ahora me centro en este lugar y momento para dirigir la mirada a través del marco inicial, a Hernán Mena Arana, un “auto-desterrado” de nuestro tiempo, el muchacho –bueno, ya no tanto- de la ingeniosa escritura que se auto impuso el exilio, tras haber tenido una actividad destacada en el campo de la literatura y también del periodismo local.
Pocos meses después de conocer a Hernán Mena me dijo que se “exiliaría”, que se impondría a sí mismo la condición de destierro, al no encontrar en el horizonte de su tierra natal la posibilidad de desarrollarse profesional y económicamente como él aspiraba, aunque cierto desencanto originado en su interacción con el campo cultural y literario de nuestro entorno, impulsó también su decisión. Optó por la distancia el prolífico escritor que persiguió el ideal de romper esquemas denunciando la hipocresía de su mundo social al desnudar sus normalizados vicios y perversiones, a través del cultivo del periodismo literario plasmado en la memorable revista “Quórum” –yo la leía con sigilo en los pasillos de la universidad de los sacerdotes legionarios donde estudié Comunicación-, revista que, con la impronta del humor y la caricatura, no se sustrajo del eco decimonónico de aquella “sociedad de bulliciosos” que en el lejano 1847, hiciera Don Bulle Bulle, grupo de jóvenes impetuosos que no dejaron títere con cabeza entre las instituciones que detentaban entonces el poder: gobierno, familia e iglesia. Los extremos del tiempo se tocaron por un momento, para verse frente a frente, como en un espejo: muchachos irreverentes de los dos lados, los de mediados del diecinueve y los de principios de los noventa en el siglo XX, buenas plumas todos ellos, de las que se desprende para nosotros porque está aquí presente con su escritura, remontando destierro y desencanto, la de Hernán Mena Arana.
Aquí lo vemos con La cola del león entre las manos, esta novela acompañada sólo de una sugerente dedicatoria “a todos los de la vieja Mérida” a los vivos y los muertos, a los que la miran de cerca y a los que la miran de lejos -como él mismo lo hace desde algunos años atrás-, que nos hunde sin el salvavidas de un prólogo, en el retrato de un mundo sociocultural firmemente representado en el microcosmos de su diégesis, donde los personajes transitan alrededor de la empresa “Aluminios Castillo”. En el retrato está la denuncia: aparecen consignados ante los ojos del lector, los vicios más comunes del orden social que nos rige.
Es evidente la habilidad en la construcción del perfil de los personajes, en el relato de la anécdota misma, aunque de pronto cueste trabajo identificar el cambio de narrador entre capítulo y capítulo, la lectura del texto exige celosa atención para atar los cabos y encontrar las conexiones en la historia que posee una clara linealidad pero que el receptor sólo reconoce al ir obteniendo pieza por pieza, el rompecabezas completo en el que fue dibujada.
En su sencillo contar lo cotidiano, pero con el andamiaje del hecho literario, Hernán da en el centro de la esencia misma de las cosas: “El guardar un secreto sólo es difícil hasta que uno comienza a creer todas sus mentiras de tanto actuarlas”, dice Samuel, uno de los cuatro protagonistas, al hacerse preguntas en el espacio marginal que da sentido a su existencia: la relación con Lucero, su amante; vínculo edificado fuera de la norma social, paradoja indispensable para sobrevivir en el esquema tradicional que ahoga cualquier intento de ser libre y auténtico.
Las esferas principales de desarrollo de estos individuos, de estos personajes que son representación del tipo social de las clases media y alta, están corrompidas en su centro: se actúa por conveniencia, la ley es la del dinero y esto atraviesa familia, matrimonio, empresa y gobierno.
En La cola del león todo está herido, todo lo corroe la urgencia de aplastar al Otro para sobrevivir uno mismo: hasta el esparcimiento en un juego de fútbol entre camaradas de la oficina. Abusar se aprende en la infancia como revela el robo de dulces de Felipe niño o la sustracción de pilas que los hijos de Saúl, el personaje menos impuro del relato, hicieron en un supermercado.
Asimismo, la narración da fe de cómo las mujeres son moneda de cambio en una sociedad machista donde se compra de manera habitual el cuerpo femenino: desde la prostituta de burdel hasta la esposa, niña de familia, adquirida por la vía del casamiento. En La cola del león las mujeres son objeto.
Y es a partir de dicha visión, que me resulta imposible no hallar en su escritura, en la de esta novela de Hernán Mena, la misma impronta en su vínculo con lo femenino de otros escritores locales que puedo decir son de su generación, como Rafael Gómez Chi autor de El delirio de un alebrije, o Alejandro Pulido Cayón y La mejor defensa, donde las mujeres son ante todo, objeto y donde los personajes masculinos interactúan con ellas principalmente en mundos sórdidos y marginales mediados por el dinero y que al aparecer involucrados en amores socialmente aceptados, tienen el sabor de mero artificio. Dicotomía excluyente, asimetría en el eje de las relaciones de género. Esta arista que caracteriza la escritura de los yucatecos de hoy, como pueden ver en esta muestra elegida a vuelo de pájaro, tendría que explorarse más a fondo.
Pero la novela es anuncio de un mundo que se derrumba, que poco a poco desaparece y que va cediendo su espacio a otros vicios y a otros poderes fácticos donde el futuro seguramente no será mejor.
Es gratificante por otro lado, constatar que Hernán Mena sigue mirando a Mérida, a Yucatán, a su península, que sigue haciéndole retratos con el pincel de su capacidad narrativa y con el color de los recursos literarios que nos dan otras perspectivas de su rostro; así como testificar que las estampas que de ella tenemos, también las puede elaborar un escritor y aunque no quede en ellas bien librada, es signo de esperanza ver cómo este narrador-retratista ha podido ensanchar su mirada, haciéndola más profunda y más compleja, crecimiento que se observa desde aquellos relatos de En la penumbra de una ciudad blanca hasta las páginas de La cola del león; imagen en crudo, sin photoshop ni maquillajes, que nos pone ante los ojos una idea realista de lo que somos, aquella que asusta y duele… y a pesar de que Hernán Mena la dibuje desde lejos. Muchas gracias.