Desafortunadamente la agresión física o simbólica al otro es una forma normalizada de interacción social. Aquí el relato de dos incidentes que conducen a la reflexión
Por Virginia Carrillo.
Hace poco escuchaba en una entrevista al productor de televisión Epigmenio Ibarra afirmar que “la discriminación es negarle la humanidad al otro” y que en ello está uno de los orígenes de la violencia que actualmente ahoga en sangre a nuestro país. Más allá de la cifra espeluznante de asesinatos que todos los días perpetra el crimen organizado en México, la inferiorización y la negación de la dignidad humana del otro es una forma de relación que está normalizada en nuestra sociedad y que se manifiesta con la discriminación de variada índole que se ejecuta en las esferas de lo personal, lo familiar, lo comunitario y lo público.
Así, todos los días vemos y vivimos actos de violencia de múltiple intensidad que va de lo simbólico a lo físico en cualquier interacción de la convivencia social, pero que al ser tan frecuentes y corresponder a creencias de la dominación y la superioridad de unos sobre otros, no los detectamos como tales. La reflexión viene a cuento a raíz de dos incidentes ocurridos en la celebración familiar por un bautizo a la que asistí, donde se puso en evidencia la violencia cotidiana con la que nos relacionamos, caso particular que es reflejo de lo que ocurre en lo macrosocial: Primero, la mujer que controlaba el desarrollo del ritual en la parroquia donde se efectuó el acto religioso, impidió a una pariente joven pasar a hacer una lectura en voz alta porque, según su criterio, eran ajustados los pantalones que llevaba. Discriminación por el atuendo, control desde una perspectiva machista de lo femenino que amenaza –según el retorcimiento propio de la misoginia- con su presencia. No faltó quien opinara que la muchacha “debió vestirse de otra forma”…
Después, durante la fiesta, un invitado de nombre Saúl Felipe Peraza García, golpeó a dos sobrinos míos de cuatro y tres años de edad para bajarlos de un juego infantil que quería para su hija. Aprovechando la ausencia de los padres y de otros adultos, se quitó los zapatos, se subió al juego –era uno de los llamados “brincolines” – sujetó a los niños, le pegó a uno en la espalda y al otro le propinó una nalgada. Los menores llorando corrieron a buscar refugio en los brazos de sus papás y sí hubo personas que alcanzaron a ver la agresión. La reacción de los adultos, padres y abuelos, fue reclamarle a gritos, algunos de ellos fuera de sí, pero el agresor con actitud retadora no se retiró del lugar. Aparte de la gravedad del hecho, me sorprendió después enterarme de que varios asistentes se sintieron molestos porque el escándalo consecuente “descompuso” la fiesta, sin darse cuenta que el responsable del acto de violencia nos hizo víctimas a todos, además de los niños golpeados, principalmente a los anfitriones que amablemente habían invitado al señor Peraza y su familia. Esa postura del disimulo, del silencio para “no escandalizar”, incluso de justificar su proceder, es lo que permite que la violencia se perpetúe, no reciba sanción y siga haciendo daño.
Es lo mismo en el lamentable caso del empresario Miguel Sacal. Si el video de la golpiza que le propinó al recepcionista de un edificio no hubiera sido difundido, quedaba impune, por lo menos del castigo que representa la denuncia pública que muchas veces pesa más que aquel que proporciona la propia ley. Una feminista me sugería hace poco una táctica que puede ponerse en práctica en lo cotidiano para contribuir en la eliminación de la violencia: al detectarla, hacerla evidente y después con el diálogo deconstruirla (¿Te das cuenta que tal acción es violencia?).
Negar la violencia simbólica (por los pantalones ajustados) o física (golpes a los infantes) la invisibiliza, la perpetúa y nos hace a la vez víctimas y cómplices de ella. Por eso, si deseamos tener una sociedad justa y que respete y reconozca la dignidad de todos sus integrantes, nunca bajo ninguna circunstancia se debe tolerar la violencia. Venga de quien venga y en el sitio y circunstancia que sea.
















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