Por Carmen Garay.
Cuando alguien pedalea una bicicleta y quiere virar a la derecha, por ejemplo, el cuerpo se inclina al lado contrario. Si alguien se quema la mano, la retira del fuego y aplica un elemento contrario. Si en alguna organización predomina el ruido por desinformación, se aplica información como mecanismo contrario. Se trata de obviedades y cualquiera puede dar un ejemplo.
Por eso adquiere un carácter de irracionalidad supina en linderos demenciales, combatir la violencia extrema con la violencia del Estado, aunque ostente el monopolio legítimo de la fuerza; despedir policías corruptos para que policías corruptos engrosen filas del crimen organizado, no soluciona nada. Se trata de obviedades y cualquiera puede dar un ejemplo.
Pero, el epítome de la imbecilidad radica en suponer que la triste realidad que vive esta nación es inconexa para sus habitantes. Peor aún, esta reflexión es superficial porque la raíz del problema es el epítome de la estulticia con un discurso político que argumenta poéticamente “Estamos hasta la madre”, “Ya estamos hartos de la violencia”, “La solución es la educación”, “Hay que darle trabajo a los jóvenes”, “Debemos renovar la política con candidatos ciudadanos” “Lo mejor es pensar en gobiernos de coalición” “Ya es hora de que una mujer gobierne a México”. Se trata de obviedades y cualquiera puede dar un ejemplo.
Y todo gira en torno a la idea de mejores gobernantes, alguien con honestidad que retome el rumbo del país -¿tenía rumbo?-, y en cualquier medio, una y otra vez hacen pensar sobre estas nociones, pero no en compensar. Esto no es una obviedad y no cualquiera lo hace.
En este contexto la compensación no es inmediata y no se refiere a la misma entidad… la compensación a los malos, pésimos e infames gobiernos, en cualquiera de sus niveles, son los LEGISLADORES. Pasa casi desapercibido su papel, y existe un desinterés mayoritario por saber a quién propone cada partido; además, la información al respecto es prácticamente nula porque la acaparan los candidatos al ejecutivo.
Los gobernantes proponen y aplican políticas públicas en el marco de sus atribuciones, pero esas atribuciones y TODO lo que puede hacer lo acotan las leyes. Y si se sale de ese marco de legalidad, los legisladores -los representantes directos del pueblo- deben señalarlo e impedirlo.
Ya son muchas décadas que tal representación ciudadana se diluye porque no importa quién es diputado de cada distrito, ni que sea el suplente el que ocupe la curul todo el periodo porque el diputado en turno buscó una candidatura al gobierno, y si no logra sus aspiraciones, no hay problema, puede regresar porque se vale.
Lo que se vale y no se vale en nuestro país configura el estado de derecho y es garante de constitucionalidad e institucionalidad. Cambiar las reglas del juego; hacer que los ciudadanos participen; que un gobernante rinda cuentas hasta las últimas consecuencias si pierde de vista su deber y no lo cumple cabalmente, todo eso es trabajo de nuestros representantes.
Pero eso no interesa, y la población se escandaliza cuando se aprueba un gasolinazo, más impuestos; cuando se toma la tribuna y “huele a alcohol” en el recinto, cuando el congreso sesiona con menos de la mitad de los legisladores, cuando se regalan ipads o camionetas, o también cuando un gobernador termina mandato sin haber hecho nada sin “que nadie le diga nada”, cuando no se “obliga” al gobierno a apoyar al campo, a la investigación y que se sancione y revoque su mandato si no lo hace.
Sólo entonces quizá se piense en los legisladores apáticos, desobligados, groseros e insensibles a los ciudadanos, los mismos ciudadanos que nunca los observaron ni encararon en sus “largos y cansados” recorridos de campaña, puerta por puerta, para demandarles personalmente un compromiso: compensar al gobierno y pensar y trabajar todos los días para los ciudadanos que los eligieron.
Si se trata de compensar, basta con pensar que es tiempo de recuperar la representación ciudadana en el Congreso. Si los legisladores incumplen, la próxima elección los ciudadanos pueden y deben compensarlo. Eso sí es una obviedad y cualquiera debe dar ejemplos.
















.