Radio Páramo

A José Flores Preciado y a mi madre Lupe, la mayor de los Barreto

“Escribo desde la melancolía; una región quizás inexistente o acaso imaginada. Lo hago a nombre de aquellos a quienes debimos cuidar de viejos, la presente es una charla frente al fuego encendido de la radio”.

Por José Luis Preciado

Mis padres después de amarse fueron amigos, compañeros de ruta: él artesano con manos de seda y mediero de un treinta por ciento; ella, Lupe, esposa y cómplice de los silencios, la que inventaba con las manos el lenguaje.

Escribí buena parte de estos cuentos aquí en Mérida, Yucatán, mi tierra adoptiva. Distancia de por medio, pude tener la cabeza más descombrada para poder sentarme a exorcizar los fantasmas que me perseguían. Esos fantasmas me pedían que les hiciera un homenaje, que les debía muchas explicaciones, y que si yo podía llegar a ser algo en la vida sería gracias a su implacable presencia.

Sin duda, las constantes lecturas de mi escritor favorito, Juan Rulfo, me ayudaron a sacar esos recuerdos, pero fue la radio quien logró destrabar la lengua y la pluma que me permitió recuperarlos y sacar los cuerpos viejos al sol. La radio ha sido mi gran amante, mi santo, seña de identidad.

Aún ahora se me enchina la piel al recordar al viejo Tanilo, mi padre, colocar suavemente su radio en el hombro, pegar la bocina a su oído izquierdo y haciendo la reverencia como si tocara un fino violín Stradivarius, comenzar la función cada noche. Allí estábamos sentados el perro y yo, mi madre y sus ajetreos nocturnos, en El Palmar de los Camberos, municipio de Tuxcacuesco, Jalisco -la Comala de Rulfo- un rancho con el pecho apretado entre cerros y olvidado en medio de la nada -aparentemente- porque una vez encendida la radio nos conectábamos de forma mágica e instantánea al universo. Ese niño soñaba con otros mundos, otras voces, con otros héroes, aún no sabía que sus héroes con una capa raída por el hambre estaban allí mismo. Toda esa gente del rancho era y es sobreviviente del olvido, héroes anónimos, por ello las viejas radionovelas, los programas en vivo de aquel México, las canciones rancheras y norteñas, los locutores que, como ese canario de la portada, cantaban aunque el aire estuviera viciado, eran su conexión.

De no ser por un primo hermano, José Flores Preciado, un sacerdote al que quise como a un padre, quizás mi vida estaría uncida a un par de bueyes o detrás de un cuerno de chivo o de mojado en los Estados Unidos; había opciones, pero muy pocas y pobres. Decía el abuelo Chalío que sólo teníamos dos caminos: estudiar o hacerse comerciante, en medio no había nada, solo el cansancio brutal de cultivar la vianda sin mayor recompensa que un plato de comida y unos huaraches para gastarlos en la siembra…hasta que un día llegó envuelto en una sotana el padre Flores y no lo solté. Él me enseñó todo lo poco que sé: leer, escribir, escuchar de manera casi confesional, me dijo que también la tierra blanca se puede arar con tinta negra. José Flores, a quien debimos cuidar de viejo, ese maestro de latín en el seminario de Colima, ese humilde sacerdote que perdiera la vida de una manera atroz en la sacristía de la catedral de Colima, a él dedico el libro…

Es Radio Páramo, la estación del llano, trasmitiendo con diez mil watts de potencia desde la zona azul agave de Tonaya, Jalisco. El libro es el programa de radio que siempre quise conducir…Es Julio Chávez, quien me presta la voz. Julio es un joven que ha leído, egresó de la Universidad de Guadalajara y también trae en la espalda sus propios fantasmas y viejas deudas. El dueño y director de la estación de Radio Páramo, don José Trinidad Preciado, es quien lo atempera y aconseja no usar a las ondas hertzianas como armas cargadas dispuestas al disparo fácil, le hace ver el valor de la palabra y aprender a escuchar genuinamente a las personas, finalmente de eso está hecha la radio.

Alguien me dijo que los libros costumbristas, campiranos, el realismo mágico, eran temas ya agotados, desde el Martín Fierro de José Hernández, Los de Abajo de Mariano Azuela, El Llano en Llamas y Pedro Páramo de Juan Rulfo, Cien Años de Soledad de García Márquez, etcétera, sin embargo, como reportero y periodista sé que nunca está dicha la última palabra, hay muchos ríos de tinta por derramar en torno a la vida rural de este país y el mundo, las causas de esos libros siguen siendo las mismas: abandono, ingratitud, justicia social, certeza, pobreza patrimonial, carencia de esperanza y empleo, racismo y muchas otras más…pero también en medio de todas estas desventajas se esconden raíces de profunda humanidad, como los valores, la herencia de saberes. Hoy lo sé, el campesino tiene en esencia tres humanidades en una misma persona; es místico, telúrico y cósmico.

Místico: Conecta espiritualmente el alma a la vida al corazón; es contemplativo y devoto de los milagros, sabe que una buena siembra rinde los más dulces frutos.

Cósmico: Usa el método de los genios, la observación permanente -como Leonardo Da Vinci- e interpreta a la naturaleza, al clima, por ello le duele la ruptura cultural de mirar a sus hijos que ya no sigan sus pasos, le genera un dolor callado muy fuerte, así como una sensación de extravío de esa cultura ancestral heredada. Busca en las estrellas y astros las respuestas para cultivar la tierra; esa gran convivencia cósmica no es otra cosa que una conciencia superior al hombre citadino o común, así como una conciencia simple que poseen los animales del monte y del campo, autoconciencia que abarca el pensamiento, la razón y la imaginación. Además, considera con mayor seriedad que el universo es gobernado por Dios, por ello le encarga muchas de sus grandes preocupaciones.

Telúrico: Es como una planta, con los pies bien sembrados en la tierra, la siente vibrar debajo de sus pies, la acaricia y desmorona sus terrones con las manos callosas. Se funden y confunden los colores del campo con la piel del campesino, hay una fuerte influencia que ejerce el suelo de una región sobre las personas que lo habitan. Incluso en la música hay ritmos telúricos con ritmos y géneros de ciertas tierras.

Este libro, Radio Páramo, es un homenaje al padre José Flores Preciado y a todos los que se quedaron en El Palmar, a los que se fueron, y sobre todo a los que han vuelto, como José Barreto y sus hermanos Gabriel y Rosalío…tengo que decirles que yo también soñaba con volver. Este libro es mi pasaporte para sentarme a recordar a los grandes contadores de cuentos inventados, hay muchos personajes que desfilan entre las páginas, llegaron hasta mi cabeza gracias a Félix, José, Rubén, Conrado, Raúl, Chalío, Gaby y de muchos otros contadores que le añadían siempre un grano más de sal al cuento; he servido si acaso para recoger un poco esos trastes viejos, esos lejanos recuerdos y plasmarlos en este libro, modesto y sin mayor aspiración que tener el honor de ser leído por algunos.

Estoy listo para volver, aquí está mi visa, no me hace falta el coyote o el pollero para cruzar esa aduana tan llena de recuerdos, de calor humano, de saberes y aprendizajes, esa frontera polvorienta y sentimental del llano que nos hace tragar nuestras palabras y nos reduce de nuevo a lo que somos: simplemente polvo en el tiempo. Quizás un libro pueda alargar los recuerdos, quizás solo sea material de hoguera que caliente los cuerpos cansados por el frío de la espera de aquel hijo pródigo. Este libro me llevará de nuevo al rancho del Cerro de la Aguja, que me hará volver a mi Ítaca, ese poema de Constantin Cavafis, que nos recuerda que el viaje es más importante que la meta.

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