Política

Persépolis, apología a la mujer

persepolis

 

Por Alejandro Pulido Cayón

 

Si reducimos la libertad a sus partículas más pequeñas, encontraremos que la vida cotidiana es una constante lucha entre las limitaciones de conciencia y los esfuerzos por expresar sin cortapisas nuestro ser; pero cuando los factores externos son de sumo opresivos, sólo quedan dos caminos para resolver la existencia: la sumisión o la rebeldía, como lo plantea el viaje de Marjane Satrapi en la excelsa cinta “Persépolis”.

La onírica y sencilla animación que dan vida al filme, permiten que el espectador se acerque la crudeza de lo que fue el derrocamiento del Sha de Irán, hacia 1978, y el surgimiento del régimen fundamentalista que persiste hasta la fecha en ese país del Medio Oriente, además de tocar los estragos que dejó la guerra con Irak, en la década de los 80 del siglo pasado, y todo eso a través de la mirada de una pequeña que lo mismo habla con Dios que con Carlos Marx.

Basada en las novelas gráficas homónimas, autoría de la propia protagonista que tomó su vida para la trama, “Persépolis” es una apología a las mujeres que luchan por su integridad, que se debaten entre el amor y la conciencia social, pero sobre todo, para aquellas que se rehúsan a dejarse manipular por dogmas o fundamentalismos y optan por la libertad.

Catherine Deneueve  y Chiara Mastroianni, madre e hijas en la vida real, prestan sus voces a esta creación del director galo Vincent Paronnaud y de la propia Satrapi, con lo que recrean el ambiente que vivió la autora cuando pequeña y adolescente.

Nacida en familia de ideales elevados, que participó en los diferentes movimientos sociales que tuvo Irán en el siglo XX, Satrapi hace una confesión rotunda sobre su propio ser, expone los motivos que la impulsaron a manifestarse en contra de un sistema opresivo contra el ser humano, pero sobre todo, cuestiona los principios de la política cuando ésta emana de la religión.

Sin rehuir a los lugares más crueles de la infancia, en los que ella misma se vuelve promotora de la insania del adulto, a lo largo de la película vemos la transformación, a veces muy pesimista, de esta jovencita que mantiene vivos diálogos con un Dios occidentalizado, al que, en su pueril conciencia, obedece previo diálogo.

Si bien lo vemos, el contenido místico de la cinta manifiesta la existencia de un Dios, que es el mismo que planteó el profeta Mahoma y que nada pide al Dios de los católicos, es decir, esa espiritualidad que impregna a la cinta deja de lado los más rancios dogmas, para dar paso a una confrontación con las propias ideas del espectador, lo que despierta inquietudes existenciales al tiempo que deja abierta a la interpretación la naturaleza viva de ese ser superior.

Conforme pasan los años, vemos la manera en la que la protagonista se relaciona con el mundo de occidente, de tal manera que la música se vuelve el gran motor de su existencia preadolescente con grupos como Abba y los Bee Gees, a los cuales cambia por Iron Maiden, justo en el momento que más dura se pone la represión del Ayatola Jomeini.

Esa mezcla de represión e ideas liberales que la protagonista absorbe desde su primera infancia, son los elementos que moldean su independencia, además de los consejos de su abuela, la cual se constituye en uno de los personajes más entrañables del filme, porque es ella la que impulsa a la niña a que mantenga la frente en alto, es ella la que cuestiona la manipulación religiosa que se hizo para mantener sometidos a los gobernados, y finalmente es ella, la abuela, la que da el ejemplo de dignidad que motivó a Satrapi a mantenerse erguida en un mundo donde el machismo puede ser expulsado con la firme decisión de la mujer.

En esta obra autobiográfica, el costo de la libertad se paga con el exilio. El mundo que presenta “Persépolis”,  es tan parecido al que confrontamos día con día en nuestro interior. Por encima de las cuestiones religiosas, la guerra y la represión gubernamental, Marjane muestra el averno interior al que debemos enfrentar cuando no encontramos nuestra esquina, cuando salimos a la realidad y nos percatamos que sólo somos el reflejo de nuestro entorno y estamos ante una perpetua disyuntiva: ejercer nuestra libertad atomizada o someternos a las leyes de la sociedad, sin mayores cuestionamientos, como ovejas que comulgan con ruedas de molino.

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