Política

Contrabando y traición

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Por Alejandro Pulido Cayón

 

México está bajo fuego. Se libra una cruenta guerra por el control de las rutas para el tráfico de drogas, lo que ha engendrado, a su vez, una cultura en torno a los actores principales de ésta, que halla en la música una forma de expresión única: el narcocorrido.

A la música que nació con la Revolución de 1910, cuyos ritmos tenían una estructura armónica basada en las polcas y relataban las épicas de héroes como Pancho Villa, se les dio el nombre de corridos, y en ellos también se hacía referencia a los “bandidos buenos”, que simulando a Robin Hood quitaban a los ricos para dar a los pobres.

La aceptación popular de estas composiciones, radica en la sencillez de sus letras, además de la literalidad con la que cuentan historias que perpetúan los mitos de aquellos que figuran en ella.

Sin embargo, los últimos 30 años fueron decisivos en la transformación del corrido, que en respuesta a la realidad en la que vive el país adaptó sus contenidos para dar cabida al personaje emergente de la economía subterránea: el narcotraficante.

Uno de los primeros narcocorridos, quizá el más popular, refiere la historia de Emilio Varela y Camelia La Texana.

“Contrabando y traición”, cantado por Los Tigres del Norte, caló pronto en el imaginario popular, trascendió clases y ha merecido numerosos “covers”, entre los que sobresale la versión de Julieta Venegas, una de las divas del pop mexicano.

Pero de esta pieza, se puede decir que es una de las más ligeras, en tanto que composiciones como “Pacas de a kilo”, “El Federal de Caminos”, “La Suburban dorada”, entre otras, merecieron la censura oficial y la prohibición de ser tocadas en la radio.

Pese a ello, el narcocorrido se distribuye en toda la República , y Yucatán no es la excepción, pues si bien es cierto que el clima tropical se antoja para cumbias, sones y salsa, las tamboras que acompasan “Líneas de a metro”, fascina a los coterráneos; cuenta la historia de un hombre que confiesa: Ando fuera de la ley/me dedico al contrabando,/yo no nací pa’ ser pobre/y tampoco soy dejado./Me gusta rifar mi suerte,/ya se los he demostrado”.

¿Puede un género musical ser considerado tan peligroso como para prohibir su difusión en radio? “Sí”, responderían las autoridades, por eso obligaron a estaciones de radio a tomar medidas para erradicar la cultura de los narcocorridos, a la que acusan de idealizar el tráfico de drogas y las pandillas.

Más allá de lo anterior, el género tiene su particular encanto que llega a las altas esferas de la cultura, prueba de ello es la novela “La Reina del Sur”, escrita por Arturo Pérez Reverte, donde la vida de Teresa Mendoza es comparada con la del Conde de Montecristo.

Solo que a diferencia del personaje de Dumas, Teresa Mendoza se basó en una traficante de drogas mexicana que logró dominar las rutas para el comercio de estupefacientes en el Mediterráneo.

Y claro, en la novela mencionada, existen referencias a todo lo que significa el narcocorrido, e, irónicamente, dio pie a una composición especial por parte de los Tigres del Norte, quienes en breves estrofas sintetizaron una trama de 500 páginas.

En cuanto a las expresiones utilizadas en los narcocorridos, se hallan una infinidad de frases denominadas “claves”, o mensajes de poco sentido para la mayoría de las personas: “…esto lo digo con clave/ muchos pueden entenderlo/ y aquellos que no lo entiendan/ echen a andar el cerebro”. (Las novias del traficante)

Y es que hay narcocorridos que parecen funcionar como medio de reconocimiento de la identidad de traficantes, capo o cárteles, alguno de ellos, aunque negado por sus compositores, son cantados para resaltar la personalidad y los logros de tal o cual fascineroso.

En lo referente a las fórmulas en la composición literaria, éstas son retomadas de las ya existentes: presentación del corridista, llamada al público, lugar y fecha del suceso, presentación de personajes, mensaje o historia, sentencia aleccionadora; aunque la mayoría de los narcocorridos no tienen un patrón literario establecido.

La única constante en ellos es la del consejo aleccionador dirigido a los traficantes mismos: Casi todos estos corridos encierran una moraleja, frecuentes son las de “no traición”, “diligencia y discreción en el negocio”, y “amistad y respeto a quienes comparten el oficio”.

El consumo y el tráfico de enervantes dan pie a la formación de la narcocultura, pero la incidencia de ésta no es solamente en espacios determinados ni reducidos, sus patrones trastocan al sistema político, al económico, al social y, por supuesto, al cultural.

Es en ese último ámbito donde la música juega un papel fundamental, porque difunde el mensaje de los traficantes a los distintos espacios de la sociedad, de tal suerte que las canciones donde se contiene la esencia de su actividad se convierten en la vía perfecta para “compartir su filosofía” con los demás.

Gracias estas composiciones se  deducen los “valores éticos” (porque los tienen) que los traficantes elogian en sí mismos: la lealtad, la amistad, la discreción en los “negocios”, el arrojo, la valentía, la audacia, la hombría y el respeto; asimismo, rechazan la traición y la cobardía, éstas, según los narcocorridos, “se pagan con la muerte”.

One Comment

  • Enrique

    Me parece muy completo tu artículo, muy bien argumentado, y al igual que el corrido de La Reyna del Sur, sinterizas un tema que ha dado para muchos trabajos especializados.

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