Política

Avatar de los mil rostros

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Por Alejandro Pulido Cayón.

A Karla  

Ríos de tinta: hasta ayer sumaban ya cuatro mil 404 artículos. Terabytes y terabytes en internet. Múltiples sitios y discusiones dan cuenta del fenómeno causado por la más reciente creación de quien alguna vez se dijo “el rey del mundo”, James Cameron: “Avatar”, sin lugar a dudas, da mucho en qué pensar y sobre qué discurrir. En verdad se trata de una orgía visual con una historia que le debe mucho al cine de la última década, y eso muy a pesar de cuánta presea obtenga.

Cameron, pese a quien le pese, demostró ser extraordinario director, no así un guionista de categoría (al menos esta vez). Con él aplica la máxima cinematográfica de que un mal guión puede resultar en una buena película, si hay quien la dirija. “Avatar” resplandece gracias a la magia creada para dar vida al distante plantea Pandora. Se sostiene en atinadas actuaciones, melodramáticas, pero acertadas. Su gran yerro estriba en que tan sólo se trata de una película derivativa; referencial, en el mejor de los casos.

El derroche tecnológico es, de sobra, impresionante. Aunque para el siglo XXI eso significa lo menos. Para compensar ello, el diseño artístico solventa lo que ha sido una constante en las cintas de ciencia ficción que abusan de los efectos especiales, y consigue hacer de Pandora un hábitat fantástico, de flora y fauna rayanas en lo místico, más que en lo mítico.

Ya en la década de los 60 del siglo pasado,  Aldous Huxley planteó un argumento similar al de “Avatar”. En su libro “La Isla” (el anverso de “Un mundo feliz”), el literato inglés narra los devenires de una comunidad en perfecta comunión con la naturaleza, apegados a una libertad basada en la religiosidad y la opción de hacer de una sola vida muchas vidas. Eso sí, la utópica isla de Huxley posee inmensurables yacimientos petroleros, hecho que desencadena la ambición de los “occidentales”. Y vaya, ¡qué coincidencia!, en “Avatar”, además de retratar un mundo utópico, en éste también existe una gran riqueza que los humanos han de apropiarse. Nada nuevo bajo el sol. Pura intertextualidad, con mensaje ecológico incluido.

Si el asunto del argumento se detuviera en el anterior aspecto, ni quién se fije. Al final, podría ser una película inspirada por el texto de Huxley. Lástima que no sea así. Otra referencia muy marcada que afecta al guión de James Cameron, la encontramos en la cinta “Final Fantasy: The Spirit within”. Esa fue la primera épica filmada con actores digitales, y centraba el conflicto dramático en la existencia de una fuerza vital de la Tierra, llamada Gaia. Punto y aparte de las técnicas fílmicas, en “Avatar” también se pondera el supuesto de un planeta con alma propia, que, dicho sea de paso, es una teoría científica con millones de seguidores en esta nuestra pequeña esfera azul. Límpido y real panteísmo ya visto en la pantalla de plata.

Como buen melodrama, no podía faltar la historia de amor. Los buenos muy buenos y los malos malísimos. En este aspecto, de nueva cuenta, encontramos descaradas referencias, que no guiños, a otros filmes. Por irónico que parezca, la relación que se da entre los protagonistas Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldana) es casi copia al carbón de la afamada “Pocahontas” (con árbol sagrado y demás parafernalia).

Hace 11 años, “Matrix” expuso la idea de que los humanos podemos coexistir en varios planos de existencia. En “Avatar” se retoma la esencia de ese concepto, claro que con un pequeño giro, pues las personas prestan su conciencia a un cuerpo genéticamente diseñado, en vez de ingresar a una estructura generada por computadora, pero venido al caso es lo mismo: la ficticia tecnología que permite transmutar el alma está presente.

Resumiendo: “Avatar” es, una vez más, la comprobación de las teorías de Joseph Campbell y su héroe de los mil rostros. O como diría Umberto Eco: “sólo hay libros que hablan de otros libros”.

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