Retrato hablado de Guillermo Portillo

Publicado el: 03 julio 2017

“Soy fotógrafo alternativo
porque no tengo otra alternativa”
No es alto ni bajo. Relleno, lo describirían algunos; aunque tiempo atrás lucía en su talla. Con barbas, a veces, sin ellas otras. Piocha, bigote y rasurado tipo nalga de bebé hacen su look. Eso sí, la greña en coleta parece su orgullo; rara vez se suelta el pelo. Porta paliacate en vez de corbata y las bermudas son su traje sastre. Extravagantes playeras con imágenes de grupos de rock completan el ajuar. Botas, eso me faltaba: siempre porta botas de electricista, de trabajo rudo, para meterse a pantanos, aplanadoras bien bien del asfalto, evitan los callos y santifican lo que fotografía. Los lentes, apunto, nada más los utiliza por pura necesidad. Todo un Don Juan más allá de la percha. Conocerlo comprueba la máxima del ligue: labia mata carita. Es Guillermo Portillo de pie entero, uno de los fotógrafos más intrigantes de Yucatán, destacado por saberse dueño de un don único que refleja y refracta en cada una de las personas que retrata.NOW0002

A través de su lente, particularísima mirada, eleva sensualidades que desconocen género. Lo mismo hombres que mujeres o quimeras lucen bajo iluminaciones bien preparadas, retoques estudiados, menjurjes lumínicos de estudio. Sin embargo, ambientes oníricos o lumpen o carreteras o cuartos de casa de interés social también sirven de escenario. Su bandera: el arcoíris. Él, en sus propias palabras, “da voz a los cuerpos”. Donde los fotógrafos de modelos y la high life huyen, Guillermo Portillo hace su coto de caza. Plasma una estética personal que le ha dado un espacio especial en las redes sociales, donde comparte este tipo de trabajos y proyectos muy, muy pero muy personales. Afortunados quienes son aceptados en su Instagram y Tumblr.

Oculto en lares de Xcumpich, al norte de la ciudad de Mérida, su estudio aguarda con buena temperatura. Sitio fresco de paredes blanco ostión. A la izquierda reposan computadoras monstruosas, propias para la edición de videos y el detalle fino de fotografías. Los muebles son de cualquier clase, igual encuentras sillas de petatillo que armatostes pvc. Desparramadas sobre una mesa de fiesta hay herramientas del oficio, flashes, lentes, estuches que guardan flashes y estuches que protegen lentes, pinzas, cintas adhesivas de variados colores y cinta gris y por ahí un desarmador y otras cosas que para algo servirán. La diestra del lugar esconde la magia de parasoles, tripiés, mantas inmaculadas y de negra conciencia, lámparas, rieles, cables, polainas, tiliches únicos del científico de la luz que decantó por el arte.

“Busco en la psique de las personas su erotismo, la sensualidad, eso es lo que hago emerger cuando las retrato. La cámara no discrimina”, confiesa Guillermo Portillo.
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Al margen de su trabajo cotidiano, que incluye fotografía de productos, edición de comerciales, catálogos de moda y otras linduras mercadológicas, Guillermo desarrolla aquello que, podría decirlo, constituye el oasis donde se recrea y crea una propuesta estética erotizante. Máscaras aztecas, cerezas, hamacas, máscaras de gas, guitarras, rosas, camionetas, vagones de tren, máscaras de videojuegos, arena, selva baja, barquitos abandonados, sillas, albarradas, máscaras de esta persona soy yo, forman parte de los artilugios de que se vale para crear su erótico discurso, alejado miles de pesos luz de aquello que hace su labor diaria. Si algo define el universo neuronal de este fotógrafo es esto: hace de personas comunes seres de extraordinaria sensualidad.

“Soy fotógrafo alternativo porque no tengo otra alternativa… retrato a las personas que nadie quiere retratar”, dice que piensa eso. Reconoce influencias, películas como referentes. “Quien esté libre de influencias que tire la primera foto”, bromea. Su creación algo tiene de amor a la gente con tatuajes, algo tiene de David Linch y Cronenberg, otro tanto de Diane Arbus o Witkin & Witkin, pero eso sí: con su sello personal, muy suyo de él, como se dice en Yucatán.
Aficionado al frontón, Guillermo Portillo sabe pelotearse a las personas, hacerlas sentirse bien consigo mismas y llevarlas al viaje interior necesario que les revela su esencia sexual. Por eso siempre está rodeado de gente que cree en sus palabras, pero sobre todo que admira sus imágenes y, anticipa, entenderá su epitafio: “La moral la inventaron los inmorales”.

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