El descubrimiento que salvó un continente

Publicado el: 11 septiembre 2017

A propósito de las lluvias

Por Cap. José S. Góngora López
capigtanlocutor@hotmail.com
Vampiritos inermes, caballitos de pica del demonio, frases del poeta mexicano José Emilio Pacheco. Diminutos, molestos, ruidosos, portadores de diversos virus que siglos atrás han cobrado miles de vida, y aunque estamos en el siglo XXI, aún amenazan la salud de los humanos: Mosquitos.

A fines del siglo XIX, una terrible enfermedad asolaba gran parte del continente americano, era la fiebre amarilla cuyas causas no se habían podido determinar. Innumerables teorías resultaron fallidas, la enfermedad continuaba cobrando miles de víctimas, sin que se pudiera descubrir al agente patógeno que la producía.

La acuciosa y paciente investigación del eminente médico cubano, Carlos Finlay, concluyó en una teoría que fue rechazada por las sociedades médicas de los Estados Unidos. Sin embargo, la debida comprobación de las razones expuestas, demostró que la fiebre amarilla se debía a la transmisión que se efectuaba a través del mosquito Aedes Aegypty.

Este descubrimiento del Dr. Finlay fue injustamente acreditado a los doctores norteamericanos Walter Reed, William Gorgas y Jesse Lazear, ignorando al médico cubano que lo había investigado y comprobado después de muchos años de arduo trabajo.

Para conocer un poco del Dr. Finlay, debemos comentar que nació en la Isla de Cuba en 1834, pasó su niñez en el cafetal de su padre cerca de Alquízar. Una serie de enfermedades que padeció en su adolescencia cambiaron por completo el curso de su vida. Cuando se encontraba en Francia estudiando, sufrió un ataque del padecimiento conocido como Baile de San Vito, de secuela le quedó un defecto del habla. Luego, en 1851, siendo estudiante en Alemania, padeció un violento acceso de tifoidea que lo obligó a abandonar sus estudios en Europa. Tan pronto como recuperó la salud, su familia lo envió al Jefferson College de Filadelfia, en donde tuvo como maestros a los doctores Mitchell, padre e hijo. Ellos le comunicaron el amor a la investigación y la perseverancia en la búsqueda de datos y fenómenos que caracterizaron su obra.
Después de graduarse en 1855 ejerció un tiempo en La Habana y realizó estudios en Lima y París. En 1865 se estableció definitivamente en La Habana para consagrarse a lo que constituía su vocación verdadera: la investigación científica.

Una enfermedad enigmática, desconcertante y hasta contradictoria en sus manifestaciones y efectos era la temible fiebre amarilla. Carlos Finlay haciendo caso omiso de todo lo que hasta entonces se fantaseaba y conjeturaba, resolvió realizar una investigación minuciosa, averiguando que ese terrible mal existía y causaba estragos, mucho antes de que Colón pusiese su planta en el Nuevo Mundo, en el año de 1492.

Al parecer, los focos principales estaban en las tierras bajas y en los puertos. Rara vez ocurría una epidemia en lugares situados a más de 1300 metros de altitud. Era muy frecuente en los puertos de Cuba, México y Brasil, se podía decir que era endémica.

En Marzo de 1892, este ilustre médico cubano, envió al obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona un ejemplar de Apuntes Sobre la Historia Primitiva de la Fiebre Amarilla; asimismo, felicitó al prelado por su estudio filológico sobre el nombre de América y Yucatán, solicitándole al mismo tiempo, su cooperación para profundizar en la historia primitiva de la fiebre amarilla. El doctor Finlay le decía:

“…principalmente en el párrafo final del Códice Chumayel citado en esa memoria, me inclinan a creer que únicamente en los documentos antiguos de lengua maya, podría encontrarse un dato que busco desde hace largo tiempo, la comprobación de que antes del descubrimiento (de América) ocurrían epidemias de fiebre amarilla, es decir, de vómito negro, en las costas de la América Central. Por el Códice Chumayel se ve que en 1648 se padeció de esa epidemia en Yucatán, quisiera pues merecer de la amabilidad de usted, se digne a informarme si entre los documentos mayas que ha tenido la ocasión de compulsar o en sus otras pesquisas, ha tropezado alguna vez con datos que corroboren sus conjeturas o que viertan alguna luz sobre las epidemias que solían padecer los indios de la costa de la Nueva España antes del descubrimiento”.

Así inició una interesante relación epistolar entre estos dos hombres de ciencia que aunque trabajaban en campos tan diversos, supieron colaborar generosamente entre sí para bien de la humanidad, liberándola del flagelo de la fiebre amarilla.

Carrillo y Ancona le respondió al Dr. Finlay con una larga carta, que es una verdadera disertación sobre la historia de la fiebre amarilla en Yucatán y que posteriormente publicó en un folleto. En la primera parte de ella le decía a Finlay:

“Grato y maravilloso enlace de los estudios históricos y científicos. Tratando yo de filología, usted encontró el facsímil que presento de una página del Códice de Chumayel, libro inédito, un dato histórico sobre la fiebre amarilla ocurrida en esta Península de Yucatán el año de 1648, y que justamente llamó la atención de usted sobre los libros mayas, de que poseo una colección tan preciosa como rara y original. Con mucho gusto, pues, señor, le proporcionaré los datos originales que necesita para comprobar su aserto, y tributemos entre tanto el homenaje de admiración que se merecen la lengua, la historia, los códices y los monumentos arqueológicos del gran pueblo maya o de Yucatán, que vienen de un tiempo a esta parte excitando la expectación de los sabios”.

En su respuesta del mismo mes y año, el Dr. Finlay expresaba su admiración y gratitud por la ayuda recibida.

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