Las cantinas de Mérida también son arte, cultura e inclusión

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Por Patricia Garma Montes de Oca

A la memoria de José René Contreras Pino, cuyas carcajadas todavía resuenan en «La Negrita», «El Porvenir» y «La Casita de Paja«

Cuando llegó la cuenta, el pariente tabasqueño no lo podía creer.

–Creo que se les olvidó cobrarnos la comida, comentó en voz baja.

–¿Cuál comida? preguntó su primo, yucateco.

–Pues toda la que nos trajeron, ni modo que sea gratis.

Pero sí, era gratis. Y es que en las cantinas de Tabasco no se conoce la “botana” como en Yucatán, allí, todo lo que se come, se paga.

Esa es una de las razones por las que las cantinas de Mérida son únicas. Por cada ronda de cervezas, hay una ronda de botanas.

Espacios inclusivos

De niña solo recuerdas “La prosperidad” y “Colonos” porque eran bares familiares, en el segundo todavía hay un pequeño carrusel de antaño y una nueva área de juegos, para los niños. Luego vendrían lugares como “El Tucho” donde actuaban los comediantes de teatro regional y que a tu mamá no le gustaban porque decían groserías.

Y ni qué decir de   las sucursales de “Eladios” que fueron abriendo por toda la ciudad.

Interior de la cantina tradicional «La Letra», que abrió sus puertas en 1948 en la calle 47 con 50, cerca de la exestación de trenes

Cuando no ibas a “Colonos” visitabas en familia el restaurante de mariscos del buen Nani, frente al mercado del Chembech. Hasta la fecha, si pides una cerveza te llevan botana.

El que sabía de cantinas era tu papá, su favorita era “El pato”, por el rumbo de La Gaviota, pero a esos lugares iba solo, eran cantinas “para hombres” como la mayoría de las que había antaño en la ciudad.

Como mujer, jamás se te hubiera ocurrido entrar a una de esas cantinas sola. Las mujeres entran a los cafés, las sorbeterías, los restaurantes… ¿pero a las cantinas? ¿Y solas? Impensable.   

–Te van a faltar al respeto, eso diría tu mamá, pero la verdad es que nadie tendría que faltarte al respeto solo por tu género.

Grata experiencia

Un día hiciste el “experimento”. Era mediodía, hacía calor, tenías hambre y se te antojó una cerveza. No coca, no agua. Cerveza. Simple y sencillamente porque hay días que uno quiere tomar una cerveza sin tener que esperar al domingo para estar entre amigos y entrar “custodiada” a las cantinas “como debe ser”, como las convenciones sociales dictan.

La cantina elegida fue “El Gallito”, en el barrio de Santa Ana, un establecimiento limpio, “decente”, popular pero tanto, donde solo había un par de señores sentados en la barra que abrieron sus ojos como huevos estrellados cuando entraste. El cantinero se unió a la expresión de sorpresa, pero se sobrepuso para atenderte. Fue muy cordial, te sirvió la cerveza y se disculpó porque como todavía era temprano no había salido la botana.

–Pero le podemos traer un pan de cazón, si gusta.

Le dijiste que sí y cuando te diste cuenta estaban frente a ti cuatro pisos de tortillas con salsa de tomate hirviendo encima, todavía sacaba humo. Te lo comiste despacito mientras los señores de la barra te observaban con respeto y te sonreían deseándote buen provecho. En ningún momento te sentiste violentada ni recibiste un trato especial por ser mujer.

Antes, las cantinas eran como “baños”, todos enlosados. Carecían de gracia y no tenían ni pisca de atractivo, fuera de un helecho o un mural mal pintado y hasta kitsch, no tenían chiste.

Y entonces llegó “La Negrita”.

Ambiente en «La Negrita»… antes de la pandemia, por supuesto

Paty Martín la rescató y la convirtió en lo que hasta ahora es, una cantina acogedora cuya barra está inspirada en La Bodeguita del Medio de Cuba; la decoró como se decoran ahora las cantinas de barrio, con ese aire hípster que te hace forrar las paredes con la lotería mexicana, pero también tiene los objetos vintage del mercado de pulgas, los “ahulados” con estampado para la mesa en los que se pegan los brazos y los codos, las sillitas plegables de madera, la lamparita, la alacena con alambre de gallinero…

Fórmula ganadora

En fin, tenía ese aire coquetón que le hacía falta a las cantinas y de repente se empezó a llenar, y llenar, y llenar hasta reventar, al grado que pasarse para ir al baño era toda una odisea.

Te han contado que en Yucatán hay o había cantinas que tenían letreros afuera que decían “prohibida la entrada a mujeres y menores de edad”, “ a uniformados” (supongo que estudiantes), “a ambulantes” y cosas por el estilo.  Nada más denigrante y discriminatorio. Pero los defensores de esos letreros justifican que para eso existe el derecho de admisión.

La cocina de barrio, un distintivo de las renovadas cantinas. En la imagen, interior del «Dzalbay», en la 64 con 53

«La Negrita» no tenía esos letreros, fue la primera cantina donde recuerdas que te sentiste a gusto porque Paty la hizo precisamente para que fuera más incluyente, para que la visitaran los chavos fresas y de barrio, los del norte y los del sur, hombres, mujeres, turistas, todos. Incluyendo a los antiguos clientes de «La Negrita».

Su éxito hizo que varios establecimientos copiaran su fórmula y que ahora existan tantas cantinas pintorescas con cocina de barrio, como la que ella propuso, donde aparte de las botanas de cajón te llevan un menú con platillos diseñados para ordenar por tu cuenta y no pasar hambre, cantinas que antes estaban reservadas casi casi para hombres, como el Dzalbay o el Chembech, todos enchulados y a la vanguardia.

“Esta Negrita está muy perfumada”

Fachada de «El Pocito», que el próximo año ajustará nada menos que un siglo

Eso dijo Paty que le comentó un viejo cliente. Y es que sí, muchos varones se resisten a estas cantinas que se han vuelto muy demandadas y elevado sus costos.

Siguen extrañando las cantinas de antes, como “El pocito”, que de unos años para acá se renovó y ahora luce como una hacienda henequenera con espacios con aire acondicionado y antigüedades por todas partes. Antes era un cantina “normal” por la que pasaba Miguelito ofreciendo sus pastelitos.

“Pueblo Nuevo”

“Pueblo Nuevo” era todo lo contario de “La Negrita”. No solo no estaba perfumada sino que hedía a orines. En nuestro afán por conocer lugares nuevos, nos aventuramos a lugares más básicos, sin mucho adorno pero con abundante botana y buenos precios. Y “Pueblo nuevo” era así.

Nada más llegar y te asentaban una serie platos con varios guisos, bastante picantes hasta para el que está acostumbrado al chile habanero, y un cerro de tortillas. No te entretenían con la tostadita, la jícama y el charrito para que te llenes para cuando por fin llegaran los tacos. No. Ahí se comía desde el inicio. Así que a pesar de lo rudimentario del lugar, valía la pena ir. Tampoco era una cantina donde una mujer se sintiera rara porque muchos hombres iban en pareja y las meseras eran mujeres y te trataban con el mismo cariño que una tía.

No faltaba el vendedor de pastelitos, no Miguelito, uno que te daba a probar una bolita de queso y te decía que si no te gustaba no la pagabas. Era muy insistente y al final la bolita nunca era gratis, la cobraba a precio de oro.

“La felicito, señora”

Y hablando de cantinear en pareja, que no en familia, hay una cantina por el rumbo de Plaza Fiesta que se llama “Cachorros”, donde predomina la clientela masculina (al igual que “Marineros” por ejemplo).

En una ida al baño (los sanitarios para varones y para mujeres comparten los mismos lavabos para lavarse las manos a la salida, ubicado en un pasillo de acceso a dichos sanitarios) te topaste con un señor en silla de ruedas que te dijo:

–La felicito señora, por venir a acompañar a su marido. Yo antes traía a mi mujer, pero mis amigos me comenzaron a pedir que no la trajera, porque ninguno traía a su esposa. Así deberían ser todas las esposas, en vez de regañar a sus maridos por ir a las cantinas, deberían ir con ellos, ¿no lo cree?

Cantinas y cultura

Muchas de estas cantinas “enchuladas”, como “El Cardenal” y muchas otras, hasta antes de la pandemia ofrecían espectáculos de flamenco, tertulias literarias, conciertos, exposiciones fotográficas… atrayendo a una clientela más diversa.

No hay que olvidar que el arte está asociado con la bohemia y que los escritores más consagrados fueron grandes bebedores también (Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, Truman Capote, James Joyce…), así que no es extraña esta asociación de cantina y arte.

Hay hasta varios tours de cantinas muy populares, con guías especializados en la historia de las cantinas tradicionales, y en fechas como El Día del Cuento o El Día del Escritor, no están exentas las reuniones y lecturas en cantinas.

“Macondo”

No olvidemos que hubo un bar, más que cantina, destinado a las letras en el norte de la ciudad, “Macondo”, cuyo cierre dejó un nicho vacío en esa zona y en los corazones de muchos literatos que, arrenalgados en ese rinconcito de la México, estrechaban lazos y letras.

Las tertulias se ponían tan buenas, y como todo mundo se conocía, que en alguna ocasión llegó un curioso medio despistado que dejando a un lado la pena entró y sentó. Cuál no sería su sorpresa al descubrir que era un establecimiento público.

«Macondo», escenario de diversas actividades culturales, sobre todo relacionadas con la literatura

“Pensé que era una fiesta particular”, dijo. Y es que el lugar era pequeño y daba la impresión de ser la sala de una casa, de tan acogedor, pero no, era “Macondo”.

También hubo una llamada “La Jardinera”, tapizada con versos del poeta yucateco Saulo de Rode. La idea era que fuera una cantina cultural, por algún motivo no se logró y cerró al poco tiempo de su apertura, con todo y poemas.

Brindis por la cultura

La pandemia ha propiciado que muchos de estos establecimientos sigan cerrados. Algunos ya han anunciado un cierre definitivo, pero sin duda, una vez que todo pase, o se relaje un poco más, surgirán otros lugares, historias y buenos recuerdos.

José René Contreras Pino, gestor cultural

 Finalmente Yucatán es un estado cervecero, bohemio, los más grandes trovadores, como Pastor Cervera, han salido o se han hecho famosos en cantinas.

Hay que brindar por estos lugares y propiciar que cada día sean más incluyentes, más diversos, con más arte, más cultura, más anécdotas por contar.

Si viviera José René Contreras Pino, gestor cultural a quien dedicamos con cariño esta columna a unos días de su fallecimiento, qué anécdotas no contaría, desde sus cumpleaños temáticos en «La Carmela» o «La Negrita», hasta el día que una mujer lo atropelló con premeditación, alevosía y ventaja saliendo de «El Porvenir».

Fue nota roja, por cierto. Que en paz descanses, mi muy querido amigo.

.-Con información de Diario de Yucatán

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