Aquí las claves de nostalgia para ir a ver Roma

“Los recuerdos nos acompañan hasta el fin; de cuando en cuando nos arrancan sonrisas que nadie más entenderá, o lágrimas de mares o amores atados al muelle o detrás del arado. Alguien dijo alguna vez, recordar es volver a vivir; yo creo que recordar te vuelve inmortal, sobre todo si lo dejas por escrito o en una película”.

Por José Luis Preciado

En esto creo

Mientras esperas a que la muerte llegue a cumplir con su destino, eres solamente recuerdos que nadie más recuerda como tú los viviste o crees haber vivido. La raquítica despensa suspendida lejos de las agitadas manos del hambre; un río peinado por las manos de marfil de los tristes sauces que aúllan penas orgánicas; personas incógnitas que nacen y mueren como suceden con los días y las noches; voces lejanas que retumban en las cuevas; viejos y conmovedores crímenes que son recordados por muy pocos, ante los crímenes de hoy que son como una lotería invertida de malas suertes o de malas compañías. Algunos dicen que lo viejo es material de segunda, asunto aburrido que se entierra cada vez más hondo ante las novedades carentes de personalidad propia, burdas copias de vidas estadounidenses prestadas que sólo buscan estar de moda.

Dicen los viejos que hoy ya nadie escucha, -pero les tengo noticias- tampoco antes casi nadie escuchaba, unos cuantos, -muy pocos- se separaban del rebaño, reclamaban espacios, tomaban una tribuna o inventaban su propia peña, contagiaban a otros pocos y así la piedra rodaba hasta formar un templo. Sin duda éramos una tropa extraviada, criada en la ruralidad, ajena a la Roma de Alfonso Cuarón, que cuenta de manera premeditada y plástica a ese México de los 70’s.

Esa película me hizo llorar, ustedes me comprenderán, habiendo nacido en un rancho nunca tuve contacto, ni imaginativo con aquel México, ni el pobre ni el burgués, porque en el campo mío todos éramos democráticamente pobres, nuestros linderos de referencia morían en la falda de los cerros, falda que por cierto nunca quisimos levantar para mirarle los calzones a la gran ciudad.

¿Cometería un error si confieso que supe de los Beatles cuando mataron a John Lennon? Mis referentes musicales eran todos los éxitos que escuché en la Roma de Cuarón: Leo Dan, Estela Núñez y otros más. Éramos en el mejor de los casos, nativos de cualquier región de México, ajenos a la lucha social que el país engendraba. Hoy puedo entender que era muy sencillo gobernar aquel país con el poder del ejército, del dinero y de los medios que sólo nos hacían mirar lo que ellos querían que mirásemos, para eso nos mandaban desde Televisa al Dr. Zovek con sus escapismos; un Raúl Velasco que hacía y deshacía personas; a Jacobo Zabludovsky junto la Presidencia de la República y el PRI que construían su propio país, y como somos un país distraído, nos mandaban a dormir con los chistes del “Loco” Valdez. Aquello era una mirada distinta, distante y racista desde aquel México, Distrito Federal, ajeno de la provincia. Éramos en el mejor de los casos, mares bonitos, sones jarochos, artesanías, más nunca arte, folclor y votos para aquellos políticos que hacían política como se hace ahora.

De pronto Yalitza Aparicio salva la honra provinciana con esa dignidad mixteca que es la fuerza de todos los pueblos indígenas de México. Cuarón me ha hecho llorar, al mostrarla más noble que las patronas de la película, salva las diferencias sociales, ennoblece a los niños bonitos de la Roma, niños bien criados y acunados en los brazos del privilegio social de ese país que no ha cambiado en casi nada. Celebro a Roma por todo su realismo y lentitud, como buscando que no se te olvide que la deuda social no se ha pagado, que ese México de Roma sigue agazapado entre las injusticias y la peor de las corrupciones: voltear para otro lado.

Veamos esta película con otros ojos, limpiemos los espejuelos y reconozcamos que Alfonso Cuarón paga con sangre y girones de su alma su paso a la inmortalidad.

Reconozco a esos defeños o chilangos que miraron la película con aires de vecindad, se reconocieron en el acento, en sus barrios y calles de Tepeji y Monterrey, quizás hasta en los merolicos que nunca se van a ir de la escena pública, a lo mejor y van a la casa del rodaje y la convierten en capilla, allá aquellos cuyo mensaje es barrial o los recuerdos sin dolor. Gracias a Cuarón por Roma, quitó la espoleta y nos arrojó una granada que estalla de distintas maneras, para algunos insomnios, otros más tarjetas postales, a mí me estalló en la cabeza y me ha hecho pensar.

Gracias al cronista y maestro Jorge Álvarez Rendón, me confesó: “He visto Roma cinco veces y la seguiré viendo, siempre descubro algo nuevo en ella”. Pensé, si él tan culto y sabio ya la vio cinco veces, quién soy yo para no darme una oportunidad; hoy Álvarez Rendón menguó su ventaja.

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