No al discurso belicista y prohibicionista

Publicado el: 30 Agosto 2010

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Por Eduardo Lliteras Sentíes.
La fuga de capitales del país crece por la inseguridad pero también por el clima de incertidumbre que prevalece, señalan observadores a lo que se suma la crisis de la aerolínea Mexicana, la que dá un enésimo golpe al sector turístico nacional, en el presente sexenio mientras crecen las evidencias concretas del dominio de las mafias delincuenciales de jugosos negocios criminales que generan ingentes cantidades de dinero vía el tráfico de indocumentados, la extorsión, el secuestro, el robo de autos y el tráfico de drogas, entre otros.
Con tales márgenes de ganancias se explica, más no se justifica, la cooptación o la participación de importantes sectores oficiales como los federales, agentes migratorios o policías municipales en las actividades ilícitas, lo que se traduce en la indefensión de la ciudadanía ante el fenómeno criminal en
numerosas ciudades del país.
Pedir más y mejores armamentos, aumentar los sueldos, para las policías, como han señalado diputados federales, entre ellos, el diputado yucateco Rolando Zapata Bello, es sólo una respuesta parcial a lo que se debe hacer, desde nuestra perspectiva, para luchar contra la corrupción que ha infiltrado a las
policías municipales de 200 municipios del país y que amenaza con devorar a muchas más. Tampoco el prohibicionismo de las drogas ha dado resultados: El número de consumidores, el tráfico y las ganancias, se han multiplicado estratosféricamente. Contrario a lo que alega la Iglesia Católica y sectores conservadores del país, y el mismo Congreso Estatal de Yucatán, la prohibición
per sé no ha disminuido el consumo en nuestro país, por el contrario, las evidencias concretas, no las ideologías o los discursos religiosos decimonónicos, demuestran que hay más adictos en México y que ahora ya somos una nación, ya no sólo de paso, sino consumidora.
En todo caso, el Estado no está para decirle al ciudadano adulto qué debe hacer con su cuerpo o su vida, sino para generar las condiciones de respeto a las libertades y desarrollo que permitan romper con las cadenas de la miseria de la población pobre, que en nuestro país se sigue multiplicando.
Es claro que México debe replantarse el modelo socioeconómico y poner atención no sólo a la creciente marginación que lacera a la patria en su Bicentenario sino invertir mucho más en cultura y educación. Combatir la desigualdad lacerante que campea a 100 años de la Revolución, no con puro asistencialismo electorero sino con desarrollo que dé oportunidades de trabajo digno a la
población. Es urgente generar trabajo y desarrollo desde las comunidades, y pensar más allá del modelo prohibicionista y policiaco que se nos ha impuesto a los mexicanos, sumiéndonos en un peligroso tobogán de descomposición. El discurso bélico del panismo calderonista no debe ser adoptado por las demás fuerzas políticas. De lo contrario, México pasará las próximas décadas sumido en el laberinto sin salida de la violencia.

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