Presagios y tragedias

Publicado el: 22 Febrero 2010

uxmal

De sismos y cismas

 

Por Carmen Garay.

“Tan lindo que estuvo el concierto, y ahora la cruda realidad, Adolfo”, comentaba la dama elegante del brazo de su esposo, que se encontraban justo detrás de mi esperando en la fila de los camiones al terminar la gala de la Orquesta Filarmónica de la UNAM en la Zona Arqueológica de Uxmal.

Es cierto, la cruda realidad. Los devastadores sismos  que en fechas recientes han ocurrido en países de Latinoamérica, nos recuerdan que se trata de países “hermanos”. La movilización de ayuda, apoyos y oraciones, nos hace uno sólo  porque,  según se dice, “a fin de cuentas, todos somos seres humanos”.

Irónicamente, mientras Haití sufre los estragos del temblor más fuerte de su historia,  “lo dicen las imágenes y son reales”, y nos enteramos de que Chile sintió en la madrugada un temblor de casi 9 grados Richter, en una escala de 10,  creemos menos real lo que ocurre en Angangueo, Michoacán y en Chalco. Las redes sociales expresan que “no pasa nada” en el DF, quizá porque la gran mayoría de los que habitan esas zonas, no tienen acceso al Facebook o al Twitter.

“Creo que ya se me está olvidando el Huapango de Moncayo”, murmuraron dos jóvenes un poco más atrás del intento de fila que se resiste a perder su forma. Ya nos pasaron de largo varios camiones pero somos un grupo raro que se rehúsa a correr en pos de las confortables unidades y armar el desorden. Además, delante de nosotros, justo al principio, están dos chichís y una trae bastón. “Mira, lo que le pasó a esa muchacha, no te vayas a caer.”

Las tragedias ajenas acaparan nuestra atención, pero desestimamos lo que huela a heridos y a temblor. “Y si se acaba el mundo… me voy a Yucatán”. Pero si el sismo no nos afecta, el cisma sí. La historia lo confirma, las separaciones han sido parte de nuestra historia, cosas de la geopolítica seguramente, aderezadas por el legado de las grandes civilizaciones que aquí, lejos de todo, florecieron por sí mismas.

Actualmente, la nación mexicana con sus estados unidos y autónomos, mantiene en el gobierno federal un vínculo que en ocasiones parece más un yugo, cuando el partido del Presidente es distinto al del Gobernador, o al del Alcalde. Y para colmo, las formas y los tiempos electorales, complican las cosas. La visita de Felipe Calderón la semana pasada, y en particular el pomposo anuncio de más “Oportunidades”, enturbia en Yucatán el proceso electoral, que va separado del resto del país, aquí será en mayo y en julio para el resto.

Es necesaria más discreción y prudencia de los mandatarios, cuyos programas y visitas desprovistas del protocolo de rigor –incluida la logística férrea del Estado Mayor-, pueden ser un mal presagio de su conducta posterior durante la plena jornada de elecciones. El gobierno de Yucatán hace lo propio para enrarecer el ambiente: comunicados a la burocracia estatal, planas completas en medios impresos para “informarnos” de los beneficiados en programas sociales, de las cobijas, de las carreteras, amén de los spots y el sobregiro sistemático en partidas de comunicación.

“Ya está haciendo más frío, ¿nos dejarán aquí”, se lamentaba una niña. “Claro que no, pero tenemos que decirle al policía ese de enfrente que nos ayude”.  No sirvió de nada, otros camiones siguen pasando, para recoger las filas espontáneas que surgen de los impacientes  y exigen su traslado; el uniformado se encoge de hombros “hay más camiones, todos se van a ir”. Y la gente que espera grita, silba, manotea.

La psicología de las multitudes -que linchan como en Milpa Alta, que saquean como en Puerto Príncipe, que silban como en el Poliforum-, son efímeras, inconscientes, imitadoras.  Los sentimientos buenos o malos, manifestados por una masa, presentan la doble característica de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, así como en tantos otros, el individuo-masa se aproxima a los seres primitivos.” Quizá esta última cita de Gustave Le Bon, afamado psicólogo social, explica lo que ocurre a las multitudes, que acuden al box o a escuchar a la Ofuman.

“¡Adolfo, espérate! No puede ser, ¿a dónde vas? Aquí nos quedamos, no vamos a romper la fila”, le grita ya la dama elegante a su esposo desesperado que busca espacio en el camión de al lado, pero regresa frustrado porque son muchas personas las que se avientan y no hay cupo.” Sin darnos cuenta, ya somos muy pocos los que quedamos aferrados a la fila, a la espera organizada.

Una vez pasado el maremágnum ¿qué hacemos cada uno de nosotros para manifestar positivamente nuestro sentir? ¿Cómo encauzamos nuestros ideales, cómo lidiamos con la conciencia? Es urgente que recordemos que los seres humanos no merecen nuestra empatía y respeto sólo cuando están muertos o en desgracia, ni cuando son negros o pobres, ni mujeres o niños.  Si nos rebasa la condición de género, credo o preferencia política ¿dónde está la humanidad?

A los pies de la pirámide de Uxmal, mientras escuchaba a la Orquesta Sinfónica de la UNAM, me esforcé por imaginar lo que dirían esos muros sobre el esplendor y ocaso de la civilización maya. Pero las piedras no hablan, hablan las personas, y sienten, y piensan, y son sólo las personas quienes podemos transformar la realidad que vivimos si empobrecemos el encono, si el perdón nos inunda y tratamos juntos de estremecernos ante el presagio, ya no de los mayas, sino de lo que sucede en el resto del país y del mundo, donde la tragedia se hace más grande en medio de un pueblo dividido.

Ya pasó una hora, pero finalmente estamos todos cómodamente sentados. Un hombre de gafete y con aparato de radio buscó el camión para nosotros, los raros de la fila. A pesar de todo, el policía tuvo razón, había camiones para todos. Sin embargo, la desorganización de los “organizadores”, aunado a la incivilidad de muchos “ciudadanos” presentes, calentó por momentos los ánimos. Pero en el penúltimo camión, mientras avanzamos, todos estamos seguros que hicimos lo correcto, nuestros hijos los vieron.

 

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