Dice tanto con tan poco: Chiken a la carte.

Publicado el: 01 Febrero 2010

Sombras en aparador

Por: Alejandro Pulido Cayón

Llegó al correo electrónico como tantas otras cosas que circulan por la red. Venía con un enlace. El mensaje era sencillo, pedía que reflexionáramos sobre la educación que damos a nuestros hijos, insistía en que de vez en cuando hay que darles una terapia de hambre y frío, para que aprecien lo que se les otorga. Intrigado por saber de qué se trataba, accedí al corto metraje “Chiken a la carte”.

El filme, de apenas seis minutos de duración, expone con una crudeza inmisericorde la triste realidad que enfrentan amplio sectores de la humanidad para la diaria supervivencia. “Chiken a la carte”, ha sido visto por más de seis millones 500 mil espectadores, se ha difundido en más de 24 mil enlaces, y fue acreedor al premio del público en la Berlinale de 2006.

La propuesta es de Ferdinand Dimadura, de origen alemán, quien realizó un sencillo guión para tratar el problema del hambre en el mundo. Utilizó el microcosmos de un restaurante de comida rápida. Una canción, también compuesta por él, completa este corto documental que estremece por su inevitable realismo.

Como parte de las actividades de la 56 Berlinale de 2006, se lanzó una convocatoria global para que cineastas del mundo entero enviaran sus propuestas en cortometraje, que para la ocasión habrían de tratar el tema “comida, sabor y hambre”. La respuesta fue asombrosa. Participaron alrededor de tres mil 600 trabajos, de los cuales sólo 32 fueron seleccionados para la tradicional muestra alemana de cine.

De todos los cortos presentados, “Chiken a la carte” resultó ser el más estremecedor, pero no por ello desalentador. Obliga a tomar conciencia. En los escasos minutos de proyección, el realizador nos introduce a una ciudad asiática, sin especificar de cuál se trata, y muestra los alcances de las empresas transnacionales dedicadas a la venta de comida rápida, para el caso una franquicia que vende pollo con “la receta secreta”.

Sin mayores diálogos, o al menos con diálogos que difícilmente se comprenden para el grueso de los hispanoparlantes, en primera instancia se observa a unas jovencitas, por demás agraciadas y delgadas, que ingresan al referido restaurante. Retratadas con cámara en mano, las vemos elegir los alimentos del menú.

El narrador sigue el proceso de preparación de la comida hasta la cocina, que se nota altamente organizada, con una distribución del trabajo que permite la producción casi masiva de alimentos en poco tiempo.

Así, seguimos los platos ordenados, que aterrizan suculentos en la mesa de las jóvenes, quienes apenas y los prueban. Como buenas burguesitas de la emergente Asia, dejan más de la mitad de la orden masticada, que diligentemente es retirada por el garrotero del lugar, quien, si otro remedio, los tira a la bolsa de sobras.

Hasta ahí, uno pensaría que se trata de la denuncia fácil sobre la producción de alimentos chatarra, altos en grasa y sales; pero no, nada de eso. La siguiente secuencia, aterradora, revela a un hombre que arriba al lugar en triciclo llevando un enorme bote de basura. Se introduce por la cocina, donde aparentemente ya ha hecho migas con los empleados, y alegremente toma la enorme bolsa de desperdicios. Luego busca una cubeta con restos masticados de piezas de pollo, que no han sido consumidas en su totalidad. Con paciencia monástica selecciona las que tienen más carne y las pone en una bolsa aparte. Se retira del lugar con el preciado cargamento.

Tanto el momento en el que medio cenan las jovencitas, como en el que el misterioso sujeto retira los restos de alimento, transcurren en la noche. Hasta ahí, el breve documental dice muy poco, o más bien, nos hace mirar hacia otra parte, en la que podemos culpar de algún mal a los franquiciatarios. La verdad es que Dimadura nos tiene preparado otro final.

En la pantalla amanece. De nuevo entra a escena el personaje de las sobras. En un primer plano aparecen perros callejeros que devoran algo del piso. Conforme avanza en el camino el sujeto, se acerca una multitud de niños, que festejan con estruendo la llegada del hombre. Empieza una canción, en la que el autor nos avisa que está ahí justo para contarnos la historia de esas personas, a las que nadie puede escuchar.

De primer golpe, la situación resulta deprimente. Y más todavía cuando vemos el gusto con el que los infantes devoran los restos de comida. Nada de eso es actuado. La algarabía es abrumadoramente real. Despiadada.

Aun así, el personaje que se nos presentó como responsable de llevar el alimento a esa comunidad, guarda una sorpresa, pues acto seguido reúne a su familia entorno a la mesa de la casa hecha de láminas de cartón. Arropado de una solemnidad absoluta, reparte a los suyos las sobras que pacientemente seleccionó. Antes de iniciar la cena, da gracias a Dios por la comida que pueden allegarse. Conservan la esperanza.

Al día mueren más de 10 mil personas por el hambre en el mundo. Y nosotros preocupados por la influenza, por favor. Quienes deseen ver el cortometraje “Chiken a la carte”, pueden hacerlo en esta dirección: http://www.cultureunplugged.com/play/1081/Chicken-a-la-Carte

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